Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.169
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-Es cierto -dijo, cuando Hawkmoon terminó-. Los sueños parecen la realidad y la realidad parece un sueño. ¿Podéis explicar eso, maese Fank?
Fank se frotó la nariz.
-Existen muchas versiones de la realidad, mi señora. Algunos dicen que nuestros sueños reflejan acontecimientos de otros planos. Se está produciendo un gran desajuste, pero no creo que haya sido causado por los experimentos de Kalan y Taragorm. En cuanto a eso, los daños han sido reparados en gran parte. Pienso que se aprovecharon de este desajuste durante un tiempo. Es posible, incluso, que lo aumentaran, pero nada más. Sus esfuerzos fueron insignificantes. No pudieron causar todo esto. Sospecho que están actuando fuerzas tan enormes y aterradoras que el Bastón Rúnico ha sido llamado desde este plano en concreto para participar en una guerra de la que apenas poseemos referencias. Una gran guerra, tras la cual quedarán fijados los planos durante un período de tiempo que muchos definirían como la eternidad. Hablo de algo que casi desconozco, amigos míos. Sólo he escuchado la frase «La conjunción del Millón de Esferas», pronunciada por un filósofo agonizante en las montañas de Asiacomunista. ¿Os dice algo esa frase?
La frase resultó familiar a Hawkmoon, aunque estaba seguro de que no la había oído antes, ni siquiera en sus sueños más extraños. Así lo expresó a Fank.
-Confiaba en que sabríais más, duque Dorian, pero considero que esa frase entraña un profundo significado para todos nosotros. Acabo de enterarme de que vais en busca de vuestros hijos perdidos, mientras yo voy en busca del Bastón Rúnico. ¿Os dice algo la palabra «Tanelorn»?
-Una ciudad -contestó~Hawkmoon-. El nombre de una ciudad.
-Sí, eso me han dicho, pero no he encontrado en este mundo ninguna ciudad que se llame así. Existirá en otro. ¿Encontraremos en ella el Bastón Rúnico, o a vuestros hijos?
-¿En Tanelorn?
-En Tanelorn.
2. En el Puente de Plata
Fank decidió quedarse en el castillo de Brass. Hawkmoon y Ylsselda subieron a la cabina almohadillada del gran ornitóptero. En la pequeña cabina abierta, el piloto empezó a manipular los controles.
El conde Brass y Fank observaron desde la puerta del castillo como las pesadas alas metálicas empezaban a batir y los extraños motores del viejo vehículo murmuraban, susurraban y canturreaban. Las plumas de plata esmaltada produjeron un viento que echó hacia atrás el cabello rojo del conde Brass; Orland Fank tuvo que sujetar su gorra. Después, el ornitóptero comenzó a elevarse.
El conde Brass levantó una mano a modo de despedida. El aparato se ladeó un poco mientras sobrevolaba los tejados rojos y amarillos de la ciudad, giró en redondo, se desvió para evitar una nube de gigantescos flamencos salvajes que surgieron repentinamente de una laguna situada al oeste, ganó altura y velocidad a cada movimiento de las alas, y pronto dio la impresión a Hawkmoon y Yisselda de que estaban rodeados por el frío y hermoso azul del cielo invernal.
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