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Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.168

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-Vuestras dudas eran muy comprensibles, maese Fank. -La expresión de Hawkmoon era tan socarrona como la de Fank-. Creo recordar que jurasteis algo cuando nos despedimos. Desde entonces, hemos arrostrado peligros tan espantosos como cuando servimos al Bastón Rúnico, que no ha dado el menor paso para ayudarnos.

Fank frunció el ceño.

-Sí, es verdad, pero no nos culpéis ni a mí ni al bastón. Las fuerzas que os afectaban a vos y a los vuestros también afectaban al Bastón Rúnico. Ha desaparecido de este mundo, Hawkmoon de Colonia. Lo he buscado en Amarehk, en Asiacomunista, en todos los países de esta Tierra. Luego, me llegaron rumores acerca de vuestra locura, de sucesos peculiares que tenían lugar en la Kamarg, y vine desde las Cortes de Muskovia, casi sin detenerme, para visitaros y preguntaros si se os ocurre alguna explicación para los acontecimientos del año pasado.

-Vos, oráculo del Bastón Rúnico, ¿venís a pedirnos esa información? -El conde Brass dio una fuerte palmada sobre su muslo y estalló en carcajadas-. ¡Hay que ver las vueltas que da el mundo!

-¡Traigo información para intercambiar!

Fank plantó cara al conde Brass, con la espalda vuelta hacia el fuego y la mano sobre el pomo. Su máscara de ironía había desaparecido y Hawkmoon observó la tensión de su rostro, el cansancio de sus ojos.

Hawkmoon llenó una copa de vino y la tendió a Fank, que la aceptó y dirigió a Hawkmoon una fugaz mirada de gratitud.

El conde Bass lamentó su exabrupto y adoptó una expresión grave.

-Lo siento, maese Fank. Soy un anfitrión desastroso.

-Y yo un invitado desastroso, conde. A juzgar por la actividad de vuestro patio, deduzco que alguien parte hoy del castillo de Brass.

-Yisselda y yo nos vamos a Londra -explicó Hawkmoon.

-¿Yisselda? Así que es verdad. He oído diferentes historias... Que Yisselda estaba muerta, que el conde Brass estaba muerto, y yo no podía negar a confirmar los rumores, porque descubrí que mi memoria me jugaba malas pasadas. Perdí la confianza en mis propios recuerdos.

-Todos hemos padecido esa experiencia -dijo Hawkmoon.

Refirió a Fank todo cuanto pudo recordar (fue una selección incompleta, pues había cosas que sólo recordaba a medias, y otras que apenas intuía) sobre sus recientes aventuras, que se le antojaban irreales, y sobre sus sueños recientes, que le parecían mucho más tangibles. Fank continuaba de pie ante el fuego, las manos enlazadas a la espalda, la cabeza erguida, escuchando cada palabra con absoluta concentración. A veces asentía, en otras gruñía, y en muy raras ocasiones pedía explicaciones sobre una frase. Mientras tanto, Yisselda entró, ataviada con un grueso justillo y pantalones para el viaje, y se sentó en silencio junto a la ventana, y sólo habló cuando, hacia el final del relato de Hawkmoon, pudo añadir información de su cosecha.


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