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Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.167

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Sólo confío en que ese destino se retrase lo máximo posible, para evitar los actos más desquiciados del hombre, que pueda lograrse un cierto equilibrio.

-Equilibrio. La idea simbolizada por la Balanza Cósmica, por el Bastón Rúnico. ¿Os he dicho que empiezo a dudar de esa filosofía? ¿Os he dicho que he llegado a la conclusión de que el equilibrio no es suficiente, en el sentido a que os referíais? El equilibrio en un individuo es algo estupendo; un equilibrio entre las necesidades de la mente y las necesidades del cuerpo, mantenido de forma inconsciente. Ésa debe ser nuestra meta, desde luego. Y el mundo, ¿qué? ¿Es posible domarlo?

-Me he perdido, amigo mío -rió el conde Brass-. Nunca fui un hombre cauteloso, en el sentido habitual de la palabra, pero he llegado a ser un hombre cansado. Tal vez sea cansancio lo que ahora dirige tus pensamientos.

-Es ira. Servimos al Bastón Rúnico. El precio fue alto. Muchos murieron. Muchos sufrieron tormentos. Aún está impresa en nuestras almas una terrible desesperación. Se nos dijo que pidiéramos su ayuda cuando la necesitáramos. ¿Acaso no la necesitamos ahora?

-Quizá no tanto como nos parece.

Hawkmoon lanzó una áspera carcajada.

-Si estáis en lo cierto, el futuro en que la necesitemos de verdad puede ser horroroso.

Entonces, una revelación floreció en su mente y se precipitó hacia la ventana, pero la figura ya había entrado en la ciudad y no pudo verla.

-¡Conozco a ese jinete!

Alguien llamó a la puerta. Hawkmoon fue a abrirla.

Y allí estaba, alto, engreído y orgulloso, con una mano en la cadera y la otra apoyada sobre el pomo de su espada, una capa doblada sobre el hombro derecho, la gorra ladeada levemente y una sonrisa torcida en su rostro rubicundo. Era el hombre de las Orcadas, el hermano del Caballero Negro y Amarillo. Era Orland Fank, servidor del Bastón Rúnico.

-Buenos días, duque de Colonia-saludó.

Hawkmoon frunció el ceño y sonrió apenas.

-Buenos días, maese Fank. ¿Venís a solicitar algún favor?

-La gente de las Orcadas nunca pide nada, duque Dorian.

-Y el Bastón Rúnico..., ¿qué pide?

Orland Fank avanzó unos pasos. El capitán Josef Vedla le pisaba los talones. Se detuvo en la chimenea y se calentó las manos. Paseó la mirada a su alrededor. Había un brillo sardónico en sus ojos, como si disfrutara del desconcierto que había causado.

-Os agradezco que enviarais a este emisario con la invitación de alojarme en el castillo de Brass -dijo Fank, guiñando un ojo a Vedla, que aún no salía de su asombro-. No estaba seguro de cual iba a ser vuestro recibimiento.


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