Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.166
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-Es verdad.
Yisselda dirigió una sonrisa a su padre y salió del estudio.
El conde Brass se acercó a una mesa de roble pulido, sobre la cual descansaba una bandeja. Levantó una jarra de peltre.
-¿Os apetece que tomemos una copa de vino antes de marcharos, Hawkmoon?
-Gracias.
Hawkmoon aceptó la copa de madera tallada que el anciano le tendió. Bebió un poco de vino y reprimió la tentación de volver a la ventana y ver si reconocía al forastero.
-Lamento más que nunca que Bowgentle no esté aquí para aconsejarnos -dijo el conde Brass-. Tanto hablar de otros planos de existencia, de otras posibilidades, de amigos muertos que aún viven... Me huele a ocultismo. Toda mi vida he contemplado con desdén las supersticiones, así como las especulaciones seudofilosóficas. Por desgracia, mi mente es incapaz de distinguir entre las supercherías y lo auténticamente metafísico.
-No interpretéis lo que digo como meditaciones morbosas contestó Hawkmoon-, pero tengo motivos para creer que tal vez algún día recuperemos a Bowgentle.
-Supongo que la diferencia entre nosotros consiste en que vos, a pesar de vuestra tozudez, continuáis abrigando muchas esperanzas. Hace largo tiempo renuncié a la fe, al menos conscientemente. Vos, Hawkmoon, sin embargo, la descubrís una y otra vez.
-Sí..., a lo largo de muchas vidas.
-¿Cómo?
-Me refiero a mis sueños, a esos extraños sueños de mis diferentes reencarnaciones. Identifiqué aquellos sueños con mi locura, pero ya no estoy seguro. Aún tengo.
-No los habíais mencionado desde que regresasteis con Yisselda.
-No me atormentan como antes, pero se repiten.
-¿Cada noche?
-Sí, cada noche. Los nombres más insistentes son Elric, Erekose, Corum. Y hay más. A veces veo el Bastón Rúnico, y otras una espada negra. Y en ocasiones, cuando estoy solo, sobre todo cuando cabalgo por los pantanos, acuden a mí despierto. Caras, conocidas y desconocidas, flotan ante mí. Oigo fragmentos de palabras. Y se repite con frecuencia esta aterradora frase, «Campeón Eterno»... Antes, creía que sólo un loco podía pensar en sí mismo como en un semidiós...
-Yo también -dijo el conde Brass, y sirvió más vino a Hawkmoon-. Son los demás quienes convierten a los héroes en semidioses. Ojalá que el mundo no necesitara héroes.
-Puede que un mundo cuerdo no les necesite.
-Y tal vez un mundo cuerdo sea un mundo sin hombres -sonrió con tristeza el conde Brass-. Quizá sea así por culpa de nosotros.
-Si un individuo puede ser íntegro, también nuestra raza. Si tengo fe, conde Brass, por ese motivo la conservo.
-Ojalá compartiera tu fe. Creo que el hombre, a la larga, está condenado a la autodestrucción.
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