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Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.165

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-¿Cuáles?

-Un jinete, señor. Nuestros guardias le vieron. Hemos recibido un mensaje heliográfico hace unos minutos. Se aproxima a la ciudad...

-¿Anunció su llegada en nuestras fronteras? -preguntó el conde Brass.

-Eso es lo extraño, conde Brass. En las fronteras no le vieron. Había atravesado la mitad de la Kamarg antes de ser avistado.

-Qué raro. Nuestros guardias no suelen descuidar la vigilancia...

-Y hoy no es una excepción. No ha entrado por ninguna de las rutas conocidas.

-Bien, sin duda tendremos la oportunidad de preguntarle cómo ha burlado a nuestros vigías -dijo Yisselda con calma-. Al fin y al cabo, se trata de un jinete, no de un ejército.

Hawkmoon lanzó una carcajada. Por un momento, todos se habían mostrado preocupados en exceso.

-Que salgan a su encuentro, capitán Vedla, y se le invite a visitar el castillo.

Vedla saludó y se marchó.

Hawkmoon se acercó a la ventana y miró por encima de los tejados de Aigues-Mortes a los campos y lagunas que se extendían más allá de la antigua ciudad. El cielo, de un color azul pálido, estaba despejado y se reflejaba en las aguas lejanas. Un leve viento invernal agitaba los cañaverales. Observó un movimiento en la amplia carretera blanca que atravesaba los marjales en dirección a la ciudad. Vio al jinete. Cabalgaba a buen paso, erguido sobre la silla, y Hawkmoon creyó percibir orgullo en su actitud. La silueta del jinete le resultó familiar. Hawkmoon, en lugar de seguir observando a la figura, se apartó de la ventana, dispuesto a esperar hasta que pudiera identificarla con mayor facilidad.

-Un viejo amigo..., o un viejo enemigo -dijo-. Su porte me recuerda a alguien.

-No ha sido anunciado. -El conde Brass se encogió de hombros-. Ya nada es como antes. Vivimos tiempos más serenos.

-Para algunos -dijo Hawkmoon, pero lamentó la autocompasión de su tono.

Tales sentimientos le habían abrumado en otra época. Ahora que se había desembarazado de ellos, era muy sensible al menor síntoma de que intentaran reproducirse. De un excesivo regodearse en ellos había pasado a un pronunciado estoicismo, lo cual había tranquilizado a todo el mundo, excepto a aquellos que le conocían y apreciaban. Yisselda, que adivinó sus pensamientos, le acarició los labios y las mejillas. Hawkmoon sonrió, la atrajo hacia sí y depositó un casto beso en su frente.

-Hemos de prepararnos para partir -dijo ella.

Hawkmoon ya iba vestido para el viaje.

-¿Padre y tú recibiréis aquí a nuestro visitante?

Hawkmoon asintió.

-Creo que sí. Siempre existe la esperanza de que...

-Desengáñate, querido. Hay pocas probabilidades de que traiga noticias de Mandred y Yarmila.


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