Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.163
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El chico se parecía mucho a vos.
-Ya te lo hemos contado, padre.
Yisselda, con los brazos cruzados bajo los pechos, se apartó de la chimenea. Llevaba un vestido verde con los puños y el cuello ribeteados de armiño. Tenía el cabello estirado hacia atrás. Estaba pálida. Lo había estado desde su regreso con Hawkmoon al castillo de Brass, más de un mes antes.
-Ya te lo dijimos... y hemos de encontrarles.
El conde de Brass pasó sus gruesos dedos sobre el cabello rojo veteado de gris y frunció el ceño.
-No creía a Hawkmoon..., pero ahora os creo a los dos, aunque no me guste.
-Por eso discutes tanto, padre.
Yisselda apoyó una mano sobre su brazo.
-Tal vez Bowgentle pudiera explicar estas paradojas -continuó el conde Brass-, pero nadie más podría encontrar las palabras adecuadas para iluminar la mente de un sencillo soldado como yo. Vosotros creéis que he vuelto de entre los muertos, pero no recuerdo mi muerte. Y Yisselda ha sido rescatada del limbo, cuando yo la creía muerta en la batalla de Londra. Ahora, habláis de hijos, también perdidos en algún lugar del limbo. Una idea aterradora. ¡Niños sometidos a tales horrores! ¡Ah no! No quiero ni pensarlo.
-Nosotros sí, conde Brass. -Hawkmoon habló con la autoridad de un hombre que ha pasado muchas horas a solas con sus más oscuros pensamientos-. Por eso estamos decididos a hacer lo imposible por encontrarles. Por eso, hoy partimos hacia Londra, con la esperanza de que la reina Flana y sus científicos nos ayuden.
El conde Brass acarició su poblado bigote rojo. La mención de Londra le había sugerido otros pensamientos. Una leve expresión de embarazo apareció en su cara. Carraspeó.
-¿Algún mensaje especial para la reina Flana? -preguntó Yisselda, con mirada traviesa.
Su padre se encogió de hombros.
-Las cortesías habituales, por supuesto. Tengo la intención de escribir. Quizá os dé una carta antes de que marchéis.
-Estaría encantada de volver a verte en persona. -Yisselda dirigió una mirada significativa a Hawkmoon, que se frotó la nuca-. En su última carta me contó cuánto le había complacido tu visita, padre. Subrayó la sabiduría de tus consejos, el práctico sentido común que aplicas a los asuntos de estado. Insinuaba que estaba dispuesta a ofrecerte un puesto oficial en la corte de Londra.
Dio la impresión de que las coloradas facciones del conde Brass adquirían un tono aún más pronunciado.
-Mencionó algo por el estilo, pero en Londra no me necesitan.
-Por tus consejos no, desde luego -dijo Yisselda-. ¿Pero tu apoyo? En otros tiempos era muy aficionada a los hombres, pero desde la terrible muerte de D´Averc.
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