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Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.160

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¿No tendría que haber regresado al mundo en que Kalan me retenía prisionera?

-¿No sentís nada, como si algo tirara de vos?

-Nada.

Ilian, guiada por un impulso, besó a Yisselda en la mejilla.

-Adiós -dijo.

Yisselda se quedó sorprendida.

-¿No vendréis con nosotros a la cueva?

-Os acompaño, pero tenía ganas de despedirme. Ignoro por qué.

Una gran paz descendió sobre ella. Tocó una vez más la piedra negra y sonrió.

Cuando llegaron, Jhary se encontraba de pie frente a la entrada de la cueva. Parecía más débil que antes. Apretaba contra su pecho al gatito blanco y negro.

-Pensé que no ibais a llegar nunca. Estupendo.

Lyfeth de Ghant y Mysenal de Hinn habían insistido en cargar con la litera de Katinka. Se dispusieron a entrarla en la cueva, pero Jhary se lo impidió.

-Lo siento, pero debéis esperar aquí. Si Ilian no regresa, deberéis elegir a otro gobernante en su lugar.

-¿Un nuevo gobernante? ¿Qué pretendéis hacerle? -Mysenal saltó hacia adelante y se llevó la mano a la espada-. ¿Qué daños puede sufrir en esa cueva?

-Ninguno, pero la joya de Kalan aún retiene su alma... -Jhary estaba sudando. Resolló y meneó la cabeza-. Ahora no os lo puedo explicar. Os aseguro que protegeré a vuestra reina...

Siguió a Yisselda e Ilian, que habían entrado en la cueva la litera de Katinka van Bak.

La profundidad de la cueva asombró a Ilian. Se hundía kilómetros y kilómetros en la ladera de la montaña. Cuanto más se internaban, más frío hacía. Guardó silencio, porque confiaba en Jhary.

Sólo se volvió una vez, cuando oyó la voz nerviosa de Mysenal a lo lejos.

-¡Ya no os culpamos de nada, Ilian! Os absolvemos...

El tono de Mysenal y la urgencia con que aparentaba expresar aquellos sentimientos la intrigaron. Tampoco le importaba demasiado. Conocía su culpa, dijeran lo que dijeran los demás.

-¿No es éste el lugar? -preguntó con voz débil Katinka van Bak desde su litera.

Jhary asintió. Como la luz había disminuido, llevaba en la mano un globo extraño, un globo luminoso. Lo depositó sobre el suelo de la caverna. Ilian bajó la vista y dio un respingo. Vio el cadáver de un hombre alto y apuesto, cubierto de pieles. No se veía ninguna herida en su cuerpo, nada que indicara la causa de su muerte. Su cara le recordó a alguien. Cerró los ojos.

-Hawkmoon... -murmuró-. Mi nombre...

Yisselda estalló en llanto y se arrodilló junto al cadáver.

-¡Dorian! ¡Mi amor! ¡Mi amor! -Se volvió hacia Jhary-a-Conel-. ¿Por qué no me lo dijistes?



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