Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.157
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Fue entonces cuando Ilian saltó, interponiéndose entre su gente e Ymryl.
Ymryl estaba poseído. Su forma irradiaba una monstruosa energía como si Arioco hubiera tomado posesión de aquel cuerpo mortal. Incluso los ojos de Ymryl eran los ojos bestiales de Arioco. Rugió. Avanzó hacia Ilian y su gran espada remolinéo en el aire.
-Por fin, Ilian. Esta vez morirás. ¡Esta vez sí!
Ilian trató de parar el golpe, pero Ymryl había adquirido tal fuerza que la espada rebotó contra su propio cuerpo. Se tambaleó hacia atrás y esquivó por poco el siguiente mandoble. Ymryl luchaba con ferocidad demencial. Ilian sabía que debía matarla.
Y detrás de Ymryl, Arioco había crecido hasta alcanzar inmensas proporciones. Su cuerpo no paraba de retorcerse y aumentar de tamaño, pero cada vez contenía menos sustancia. El rostro se alteraba constantemente, a cada segundo que pasaba, y la mujer oyó una débil voz:
-¡La balanza! ¡La balanza! ¡Oscila! ¡Se dobla! ¡Se funde! ¡Es la condena de los dioses! Oh, estos seres insignificantes... Estos hombres...
Arioco desapapreció y sólo quedó Ymryl, pero poseído por el terrible poder de Arioco.
La lluvia de golpes obligó a Ilian a retroceder. Le dolían los brazos, las piernas y la espalda. Tenía miedo. No quería que Ymryl le matara.
Oyó otro sonido. ¿Era un aullido de triunfo? ¿Significaba que todos sus camaradas ya habían muerto, que los soldados de Ymryl habían acabado con ellos?
¿Era ella la última superviviente de Garathorm?
Cayó al suelo cuando un terrorífico golpe de Ymryl le arrebató la espada de la mano. Otro golpe partió su casco. Ymryl echó atrás el brazo para asestar el mandoble definitivo.
4. La piedra-alma
Ilian intentó mirar a los ojos de Ymryl mientras moría, aquellos ojos que ya no eran los suyos, sino los de Arioco.
Pero de repente su luz se desvaneció. Ymryl miró a su alrededor, asombrado.
-¿Todo ha terminado, pues? -le oyó decir Ilian-. ¿Volvemos a casa?
Daba la impresión de que veía un paisaje muy distinto al de Garathorm. Y sonreía.
Ilian extendió la mano y aferró el pomo de su espada. La clavó con todas sus fuerzas en Ymryl y vio que brotaba un chorro de sangre, que una expresión de estupor aparecía en su cara, que iba desapareciendo poco a poco, al igual que Arioco había desaparecido ante él.
Ilian, aturdida, se incorporó, sin saber si había matado a Ymryl. Ahora, ya nunca lo sabría.
Katinka van Bak yacía muy cerca. Tenía una gran herida roja en el cuerpo. Estaba blanca, como si se hubiera quedado sin sangre. Jadeaba. Ilian se acercó a ella.
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