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Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.155

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Si yo definiera a Arioco como un ser provisto de poderes físicos y psíquicos muy avanzados, aceptaríais su existencia por completo.

-¡De todas formas, acepto su existencia! -bufó Katinka van Bak- Le he oído. Le he olido.

-Bien -dijo Ilian en tono conciliador-, debemos continuar nuestra lucha contra Ymryl, aunque esté perdida de antemano. ¿Mantenemos nuestra estrategia defensiva o, por el contrario, atacamos?

-Ya da igual -dijo Jhary-a-Conel-, pero sería más noble morir atacando, ¿no? -sonrió para sí-. A pesar de que he asumido mi destino, la muerte nunca es bienvenida.

Desmontaron y avanzaron entre los árboles. Se movían con sigilo y empuñaban las lanzas flamígeras que habían cogido a los guerreros muertos del Imperio Oscuro.

Jhary, que les guiaba, se detuvo, levantó la mano mientras observaba entre las hojas y arrugó la nariz.

Vieron el campamento de Ymryl. Lo había instalado junto al mismo límite de la ciudad. Vieron a Ymryl y a su cuerno amarillo, que colgaba sobre su pecho desnudo. Sólo llevaba pantalones de seda e iba descalzo. Tenía los brazos cargados de brazaletes de cuero incrustados de joyas y un ancho cinturón de cuero ceñía su cintura. De él colgaban su pesada espada, el puñal de hoja ancha y un arma capaz de disparar diminutos dardos a gran distancia. Su mata desordenada de cabello amarillo caía sobre su cara, y sus dientes desiguales centellearon cuando dirigió una sonrisa nerviosa a su nuevo aliado.

Su aliado medía casi tres metros de alto y dos de ancho. Su piel era oscura y escamosa. Iba desnudo, era hermafrodita y tenía un par de alas correosas dobladas sobre la espalda. Daba la impresión de que le costaba desplazarse. Devoró con avidez los restos de un soldado de Ymryl.

Pero lo peor era su cara. Una cara que cambiaba sin cesar. En un momento dado era repulsiva y bestial, y al siguiente se convertía en la de un hermoso mancebo. Sólo los ojos, henchidos de dolor, no cambiaban. De vez en cuando, sin embargo, pasaba por ellos un destello de inteligencia, pero casi todo el tiempo eran crueles, feroces, primitivos.

La voz de Ymryl tembló, pero su tono era triunfal.

-Me ayudaréis, ¿verdad, lord Arioco? Ése fue el trato que hicimos...

-Sí, el trato -gruñó el demonio-. He hecho tantos. Y tantos se han arrepentido después...

-Yo os sigo siendo leal, mi señor.

-Yo mismo sufro las consecuencias de un ataque. Poderosas fuerzas me asedian en muchos planos, en muchas épocas. Los hombres desestructuran el multiverso. ¡El equilibrio ya no existe! ¡El equilibrio ya no existe! El caos se derrumba y la Ley ya no...

Arioco parecía hablar para sí, no para Ymryl.


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