Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.150
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Seguía viendo las facciones severas de Ymryl cuando formuló su pregunta. Seguía escuchando su voz cuando contestó.
Jhary la encontró cuando faltaba poco para el amanecer. Ilian deambulaba entre los huesos ennegrecidos, las cenizas y las ascuas humeantes. De vez en cuando, propinaba una patada a un cráneo carbonizado o a una caja torácica destrozada.
-Noticias -dijo Jhary.
Ella le miró con ojos inexpresivos.
-Noticias de Ymryl. Ha ganado la batalla. Ha matado a Arnald y se ha enterado de lo ocurrido aquí. Se apresta a regresar.
Ilian respiró una profunda bocanada de aire acre.
-En ese caso, debemos prepararnos -dijo.
-Nos queda la mitad de nuestras fuerzas y será difícil resistir al ejército de Ymryl. Ahora, cuenta también con los efectivos de Arnald, mejor dicho, los que han sobrevivido. ¡Dos mil guerreros, como mínimo, vienen hacia aquí! Tal vez sería mejor volver a los árboles, emboscarles de vez en cuando...
-Continuaremos con el plan original.
Jhary-a-Conel se encogió de hombros.
-Muy bien.
-¿Han encontrado el cañón flamígero de Ymryl?
-Sí, escondido en las bodegas de un lagar, al oeste de la ciudad. Katinka van Bak se ha encargado durante la noche de que se montara un anillo defensivo. Se han montado otros para cubrir las principales arterias que conducen al centro de la ciudad. Hemos actuado con rapidez, por suerte. No esperaba que Ymryl regresara tan pronto.
Ilian paseó entre las cenizas.
-Katinka van Bak es un general experimentado.
-Una suerte para nosotros -dijo Jhary.
Poco después de mediodía, los espías volvieron con la noticia de que Ymryl estaba empleando la misma táctica que Ilian para acercarse a la ciudad: rodearla por todos lados. Ilian rezó para que los espías de Ymryl no hubieran visto el cañón flamígero, apresuradamente ocultado. Había ordenado a la mitad de sus fuerzas que se encargara de las armas energéticas. Los otros se habían escondido en diversos lugares.
Una hora más tarde, la primera fuerza de caballería, con sus brillantes armaduras y las banderas al viento, entró como una tromba por las cuatro amplias avenidas que conducían a la plaza de la ciudad.
La plaza estaba desierta en apariencia, a excepción de los cadáveres abandonados en ella.
La velocidad de la cabalgada disminuyó cuando los primeros Jinetes vieron el espectáculo y se quedaron confusos.
Sobre sus cabezas sonó la nota suave de un cuerno.
Y un cañón flamígero rugió.
Y de la caballería sólo quedó polvo calcinado y cenizas que flotaron
en el aire hasta posarse sobre las calles.
Ilian, escondida en los árboles, sonrió cuando recordó que su gente había perecido por obra de aquella misma arma.
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