Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.149
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No podría vivir ahí de nuevo.
Katinka suspiró.
-Daré la orden, aunque no sea de mi agrado. ¿Puedo ofrecer la rendición a nuestros enemigos?
-A nosotros no nos dieron esa posibilidad.
-Pero nosotros no somos ellos. Moralmente...
No me apetecen sermones de momento, gracias.
Katinka van Bak se dispuso a obedecer la orden de la reina Ilian.
2. Una muerte imposible
Hombres y mujeres de expresión sombría, con las manos apoyadas sobre sus armas y la cara teñida de rojo por las llamas, veían arder la mansión de Pyran en la negrura de la noche, percibían el olor procedente de la pira y escuchaban los débiles y horribles sonidos que todavía brotaban del humo negro y espeso.
-Justo es -dijo Ilian de Garathorm.
-Hay tres formas de justicia -replicó Katinka van Bak en voz baja- El fuego no purificará vuestro sentimiento de culpa, Ilian.
-¿Por qué no? -Ilian lanzó una áspera carcajada-. Entonces, ¿cómo explicáis la satisfacción que siento?
-No estoy acostumbrada a estas cosas -dijo Katinka van Bak. Hablaba en voz baja para que sólo la oyera Ilian, y lo hacía de mala gana- He sido testigo de actos de venganza similares, pero me desagrada la incomodidad que experimento ahora. Os habéis convertido en un ser cruel, Ilian.
-Es el sino del Campeón -dijo la voz de Jhary-. Siempre. No os inquietéis, Katinka van Bak. El Campeón siempre procura librarse, o librar a los demás, de cierto peso ambiguo. Uno de los medios que el Campeón emplea es la crueldad deliberada, actos contrarios a los dictados de su conciencia. Ilian piensa que sólo la agobia el peso de haber traicionado a su hermano. No es así. La culpa que la aflige es tal que vos y yo, Katinka van Bak, jamás podremos experimentarla. ¡Y demos gracias a los dioses por ello!
Ilian se estremeció. Apenas había escuchado las palabras de Jhary pero su significado la había turbado.
Katinka van Bak se encogió de hombros y dio media vuelta.
-Muy bien, Jhary. Vos sabéis más de estos asuntos que yo. Y de no ser por vuestros conocimientos, Ilian no estaría aquí ahora para luchar contra Ymryl.
Se adentró en las sombras invadidas por el humo.
Jhary se quedó un rato al lado de Ilian. Después, la dejó sola, mirando las ruinas carbonizadas de su antiguo hogar.
Los gritos se extinguieron y el hedor de la carne quemada dio paso al olor más suave de la madera. Ilian tenía la sensación de que le habían arrancado la vida. Cuando el incendio remitió, se acercó más a los restos, como si quisiera calentarse, porque un frío helado paralizaba sus huesos, aunque la temperatura era agradable.
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