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Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.147

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Tendría que estar cansada, pero se sentía mas fesca que nunca.

-¡Por Garathorm! ¡Por Pyran! ¡Por Bradne!

-¡Por Bradne! -repitió una voz detrás de ella-. ¡Y por Ilian!

Era Lyfeth de Ghant, que manejaba su espada con una mezcla de delicadeza y ferocidad comparables a las de Ilian. Y cerca estaba Yisselda de Brass, demostrando que era una guerrera experimentada, y utilizaba la púa de su escudo con tanta eficacia como su espada.

-¡Qué estupendas mujeres somos! -gritó Ilian-. ¡Qué guerreras!

El enemigo se hallaba desconcertado por el número de mujeres que les atacaban. Por lo visto, existían pocos mundos en donde las mujeres luchaban como los hombres. Nunca había ocurrido en Garathorm, antes de que llegara Katinka van Bak.

Ilian vio que Mysenal de Hinn le dedicaba una fugaz sonrisa. Sus ojos brillaban cuando pasó junto a ella en persecución de un grupo de guerreros, cuya huida fue cortada por tres o cuatro lanzas flamígeras disparadas desde los tejados de unas casas próximas.

Las armas energéticas habían incendiado dos o tres edificios y el humo empezaba a invadir las calles. Por un momento, la visión de Ilian se nubló, y tosió cuando el acre humo arañó su garganta. Luego, dejó atrás la nube y apoyó a Mysenal en su ataque contra el enemigo

Ilian no estaba cansada, pese a que sangraba por una docena de cortes y heridas sm importancia. Tiró a un jinete de su caballo con un golpe de escudo y con el mismo movimiento giró su espada en redondo hundiéndola en la boca de un enano de vello verde, hasta que la punta alcanzo su cerebro. Mientras el enano se derrumbaba, Ilian extrajo la espada del cadáver justo a tiempo de parar un hacha que le había arrojado un guerrero de armadura púrpura, cuyos dientes con punta de acero entrechocaron cuando intentó echar hacia atrás el brazo y ensartarla con la lanza que sujetaba en la otra mano. Ilian se inclinó hacia adelante y le corto la mano por la muñeca; el puño y la espada cayeron al suelo. El muñon, chorreante de sangre, continuó el movimiento de arrojar la lanza, y sólo entonces comprendió lo ocurrido el guerrero de los dientes de acero y lanzó un gemido. Ilian continuó adelante y se dirigió hacia una de sus muchachas que, de pie sobre el cuerpo de su vayna muerta, intentaba con desesperación parar los golpes de tres hombres de piel reptiliana (Si bien iban vestidos de manera diferente), decididos a acabar con ella. Ilian partió el cráneo de uno, dejó a otro inconsciente, que cayó del caballo, y atravesó el corazón del último. La muchacha le dedicó una mirada de gratitud, cogió su lanza flamígera y corrió hacia una puerta abierta.


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