Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.146
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Pero la lanza estaba casi inutilizada. La luz osciló, se difuminó y quemó la piel de los soldados, que continuaron avanzando, con la débil
Ilian tiró la lanza, desenvainó la espada, cogió su largo puñal con la mano que sujetaba las riendas y espoleó al vayna La bandera de fuego que iba sujeta a la silla detrás de
-¡Por Garathorm!
Se sintió invadida por una gran alegría. Una alegría negra. Una ale-
-¡Por Pyran y Bradne!
Su espada se hundió en la carne transparente de un ser fantasmal que sonrió y trató de desgarrarla con sus zarpas de acero
-¡Por la venganza!
Y cuán dulce era aquella venganza. Cuán satisfactorio el derramamiento de sangre. Se encontraba muy cerca de la muerte, pero se sentía más viva que nunca. Su destino era éste: empuñar una batalla, guerrear. Tuvo la impresión de que estaba luchando en mil batallas a la vez en cada batalla tenía otro nombre y experimentaba el mismo júbilo.
El enemigo rugía y maldecía a su alrededor, todas las espadas parecían querer matarla, pero se rió de todo.
Y su risa era un arma. Helaba la sangre en las venas de los guerreros. Les sumía en un pavor indescriptible.
-¡Por el soldado del destino! -se oyó gritar-. ¡Por el Campeón Eterno! ¡Por la lucha sin fin!
No conocía el significado de las palabras, aunque sabía que las había gritado antes y las volvería a gritar, tanto si sobrevivía a esta batalla como si no.
Y ya no estaba sola. Vio que el caballo amarillo de Jhary-a-Conel se encabritaba, relinchaba y golpeaba con sus cascos a todos los guerreros que se le ponían por delante. Parecía dotado de una inteligencia sobrenatural. Su comportamiento no implicaba pánico ni confusión. Luchaba con agresividad, ayudando a su amo. Y sonreía, exhibía sus torcidos dientes amarillos, contemplaba la escena con sus fríos ojos amarillos, mientras su jinete repartía mandobles a diestro y siniestro, también sonriente.
Y vio a Katinka van Bak, que mataba inflexible, metódica y fríamente. Sujetaba un hacha de doble filo en una mano y una maza de púas en la otra, pues no consideraba la situación apta para emplear a espada. Se abrió paso entre el enemigo a lomos de su fuerte e impasible caballo, mutiló miembros y aplastó cráneos con la misma destreza que un ama de casa atareada en preparar carne y verduras para su mando. Y Katinka van Bak no sonreía. Se tomaba su trabajo muy en seno, haciendo lo que era preciso, sin desagrado ni placer.
Ilian estaba intrigada por el placer que experimentaba. Todo su cuerpo bullía de alegría.
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