Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.144
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Libro tercero
Una despedida
1. Dulce batalla, triunfal venganza
Eran casi cien y la mayoría contaba con lanzas flamígeras. Katinka van Bak les había adiestrado a marchas forzadas y algunas de las lanzas solían fallar, porque eran muy antiguas, pero las armas proporcionaban confianza a quienes las empuñaban.
Ilian se volvió en la silla de montar y examinó a su ejército. Cada hombre y mujer tenía su montura, entre las cuales predominaban las vayna. Todos saludaron a la bandera flamígera cuando la alzó. El estandarte que ardía sin consumir la tela ondeó sobre su cabeza. Era su orgullo. Y se fingían hacia Virinthorm.
Cabalgaban todos bajo los gigantescos árboles verdes de Garathorm Ilian, Katinka van Bak, Jhary-a-Conel, Yisselda de Brass, Lyfeth de Ghant, Mysenal de Hinn y lo demás. Todos, salvo Katinka van Bak, Ilian tenía la impresión de que, si bien aquellos a quienes lideraba no habían olvidado su crimen, su pueblo y ella estaban unidos de nuevo. Todo dependía de cómo terminaran las batallas que les aguardaban.
Cabalgaron toda la mañana y, por la tarde, avistaron Virinthorm.
Los espías ya les habían informado de que Ymryl había partido con el grueso de su ejército. Apenas había dejado un cuarto de sus fuerzas para defender Vinnthorm, pues no sospechaba un ataque a gran escala. Con todo, los defensores eran quinientos hombres fuertes, más que suficientes para repeler el ataque de Ilian y sus fuerzas.
En cualquier caso, las lanzas flamígeras sólo mejoraban las posibilidades de los garathormianos. No era seguro que pudieran derrotar a los ombres de Ymryl. De todos modos, era su única esperanza. Cantaban mientras cabalgaban. Cantaban antiguas tonadas de su país. Canciones alegres, henchidas de amor hacia su boscoso y exuberante mundo. Sólo cesaron en sus cánticos cuando llegaron a los suburbios de Virinthorm y se dispersaron.
Los hombres de Ymryl se habían atrincherado cerca del centro de la ciudad, junto a la mansión que en otros tiempos había sido la residencia de la familia de Ilian y que, hasta hacía poco, era el palacio de Ymryl
Ilian lamentó que Ymryl estuviera ausente. Ardía en deseos de vengarse de él, si sus planes se saldaban con la victoria.
Los cien jinetes desmontaron y se situaron en círculo alrededor del centro de la ciudad. Algunos se apostaron tras barncadas improvisadas, otros en los tejados, y los demás se guarecieron en los portales. Un centenar de lanzas flamígeras apuntaron a la ciudad cuando Ilian se internó por la amplia avenida principal y gritó:
-¡Rendíos en nombre de la reina Ilian!
Su voz era alta y orgullosa.
-¡Rendíos, hombres de Ymryl! Hemos vuelto a reclamar nuestra ciudad.
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