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Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.139

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Nuevas siluetas aparecieron sobre ella. Habían descubierto la ausencia de sus armas y por donde había entrado. Oyó sus gritos encolerizados y se alegró de haber destruido todas las lanzas. Si las hubieran empleado, ya estaría muerta. Llegó al extremo del tejado y se preparó para saltar al siguiente. Era su única vía de escape.

Se lanzó al vacío y se agarró al gablete de la casa. La madera tallada cedió algo bajo su peso. Pensó que iba a caer, pero el gablete resistió y pudo izarse. Sus perseguidores la habían seguido y más flechas silbaron a su alrededor. Saltó de aquel tejado a otro más cercano, y comprendió con desesperación que se estaba adentrando cada vez más en la ciudad. Rezó para encontrar una rama que rozara los tejados. En los árboles le resultaría mucho más fácil escapar. Su único consuelo era que sus compañeros habían escapado en dirección contraria.

Tres tejados más y les distanció momentáneamente. Lanzó un suspiro de alivio, pero era cuestión de minutos que la capturaran.

Si podía introducirse en una de las casas y ocultarse, darían por sentado que había huido. Cuando la persecución terminara, no sería tan difícil abandonar la ciudad.

Vio bajo sus pies una casa a oscuras.

Ideal.

Cruzó la distancia que separaba ambos tejados, aterrizó, saltó por encima del tejado y apoyó los pies sobre el saliente de una ventana. Se acurrucó en el saliente, forzó las contraventanas y se deslizó en el interior de la estancia, cerrando los postigos a continuación.

Estaba cansada. Le pesaba la cota de mallas. Ojalá tuviera tiempo de quitársela. Sin ella podría saltar más alto y correr con mayor rapidez, pero era demasiado tarde para preocuparse por esas cosas.

La habitación olía a moho, como si hiciera mucho tiempo que no se abrían las ventanas. Avanzó y se golpeó la rodilla con algo. ¿Una cómoda? ¿Una cama?

Y entonces oyó un quejido ahogado.

Ilian escudriñó la oscuridad.

Una figura yacía sobre una cama revuelta. Era una figura de mujer.

Y estaba atada.

¿Se trataba de un ciudadana a la que algún invasor mantenía prisionera? Ilian se inclinó para quitar la mordaza que tapaba la boca de la muchacha.

-¿Quién eres? -susurró Ilian-. No tengas miedo. Te salvaré si es posible, aunque yo también corro un gran peligro.

Y entonces, Ilian jadeó cuando quitó la mordaza.

Había reconocido la cara.

Era la cara de un fantasma.

Ilian sintió que un escalofrío de terror recorría todo su cuerpo. Era un terror indecible. Un terror que jamás había experimentado, porque si bien reconocía el rostro, no podía adjudicarle un nombre.


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