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Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.138

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Mientras se apoderaban de las lanzas y se formaba una cadena humana hasta el agujero del tejado, exploró las habitaciones inferiores. Encontró más lanzas, así como otras armas, incluyendo excelentes hachas arrojadizas. Había que desecharlas, y sólo podían llevarse unas sesenta lanzas en el tiempo que tenían, pues quedaba el problema de transportarlas hasta su campamento. Cuando iban a marcharse, una idea acudió a su mente. ¿Cómo sabía que los extremos de las lanzas se desenroscaban de las astas? No se paró en barras, sino que se encaminó hacia las lanzas y procedió a desenroscar los extremos rubíes. Mientras los desenroscaba cogió un hacha bien equilibrada, colocó el extremo sobre el suelo y descargó el hacha, no sobre el rubí, que era irrompible, sino sobre el tubo que se enroscaba en el asta, abollándolo para que les costara mucho reparar las lanzas. Era lo mejor que podía hacer.

Oyó voces fuera. Se acercó en silencio a la ventana más próxima y miro.

Habían aparecido más soldados en la calle. Se parecían a los que componían la guardia personal de Ymryl. Les habría enviado a poner orden. Ilian admiró la eficiencia de Ymryl. Daba la impresión de que nunca se preocupaba por esos detalles, pero siempre actuaba con celeridad cuando existía el peligro de alborotos en su campamento. Los soldados increparon a los contendientes y les obligaron a deponer las armas.

Ilian se reunió con su grupo, que ya estaba sacando la última lanza por el agujero.

-Vamos -susurró-. El peligro aumenta. Larguémonos.

-¿Y vos, reina Ilian? -preguntó el joven que había matado al soldado

-Os seguiré, pero antes quiero terminar una cosa.

Esperó a que el último de sus compañeros hubiera desaparecido y procedió a desenroscar los extremos de las restantes lanzas flamígeras. Cuando estaba rompiendo con el hacha la última, escuchó un grito y un gran alboroto. Miró por la grieta de la contraventana.

Algunos hombres estaban señalando el tejado del edificio. Ilian buscó con la mirada su lanza flamígera y comprendió que sus compañeros se la habían llevado. Sólo le quedaba la espada. Corrió escaleras arriba, llegó al desván y salió por el agujero.

La habían visto.

Entonces, un flecha rozó su hombro. Se agachó involuntariamente, perdió pie y resbaló hacia el suelo, al otro lado de la casa. Los hombres se precipitaron hacia ella. Consiguió aferrarse a un gablete antes de caer por el borde, con tal fuerza que estuvo a punto de descoyuntarse los brazos. Dos o tres flechas golpearon su yelmo y la cota de mallas, pero no la penetraron. Trepó de nuevo al tejado y se agachó tras el gablete mientras corría, en busca de una rama baja a la que poder saltar, pero no había tal rama.


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