Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.137
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El humano señaló una casa de gruesas paredes cuyas puertas y ventanas estaban aseguradas con candados. A una orden suya, un hombre se alejó y volvió con un manojo de llaves. El jefe abrió una de las puertas.
Ilian forzó la vista y consiguió escudriñar su interior. Como esperaba, en aquella casa se guardaban las lanzas flamígeras. Era un dato que necesitaba saber antes de continuar. Ahora, mientras las dos facciones se separaban, no sin intercambiar numerosas miradas ceñudas, Ilian y su banda se dispusieron a esperar la noche.
Estaban tendidos sobre las ramas que dominaban el campamento del Milenio Trágico, casi encima del almacén de lanzas flamígeras.
Ilian hizo una señal al joven más proximo, que asintió y extrajo de su camisa una daga de exquisita factura. Era una daga capturada a los no humanos. El joven descendió por los árboles en silencio, hasta posar los pies en la calle. Esperó casi media hora, hasta que apareció un guerrero. Entonces, saltó desde las tinieblas. Rodeó con un brazo la garganta del guerrero. La daga subió y bajó. El guerrero chilló. La daga se hundió de nuevo. El guerrero volvió a gritar. El joven no pretendía matarle, sino hacerle daño para que gritara.
La tercera puñalada fue la mortal. La daga segó la garganta del guerrero y su cuerpo cayó al suelo. El joven trepó por el costado de la casa, saltó a las ramas bajas de un árbol y se reunió con sus compañeros.
Esta vez, la escena tuvo lugar desde el punto de vista de los soldados procedentes del Milenio Trágico, que descubrieron el cadáver con la daga no humana clavada en el cuello.
Ocurrió lo previsto. A pesar de sus protestas de inocencia, los no humanos se habían vengado cobardemente de un crimen que no habían cometido.
Los soldados del Milenio Trágico se precipitaron como un solo hombre hacia el campamento de los no humanos.
Y fue entonces cuando Ilian saltó desde su rama al tejado de la armería. Cogió su lanza flamígera y practicó un agujero en el techo, lo bastante grande para que pasara su cuerpo. Entretanto, los demás también habían bajado al tejado. Uno de ellos aguantó la lanza flamígera de Ilian, mientras ésta se introducía en el edificio.
Se encontró en una especie de desván. Las lanzas estaban guardadas en las habitaciones de abajo. Descubrió una tranpilla, la abrió y cayó en una oscuridad total. Poco a poco, sus ojos se acostumbraron a la penumbra. Entraba un poco de luz por las grietas de las contraventanas. Al menos, había encontrado unas cuantas lanzas. Volvió por el mismo camino e indicó a los demás, salvo a uno, que la siguieran.
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