Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.136
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Hagáis lo que hagáis, no tengáis remordimientos.
Ilian cogió la llama flamígera y se deslizó hacia el extremo más alejado del enclave no humano. En aquel punto habitaba un grupo de guerreros nacidos al final, o poco después, del Milenio Trágico. Era uno de los grupo mejor armados. Cada hombre tenía, como mínimo, una lanza flamígera.
Faltaba una hora para el anochecer. Ilian consideró que había llegado el momento. Eligió al azar un guerrero no humano, apuntó la lanza flamígera con una destreza que no tenía derecho a poseer y tocó el botón enjoyado. Un rayo de luz roja surgió al instante del extremo rubí y practicó un limpio agujero en el peto del guerrero, en su torso y en el peto de la espalda. Ilian soltó el botón y se escondió entre las ramas más provistas de hojas para ver qué pasaba.
Una multitud se había congregado alrededor del cadáver. Muchos de los hombres con aspecto de eldren señalaron a la vez hacia el campamento vecino. Las espadas surgieron de sus vainas. Ilian oyó juramentos, aullidos de rabia. Hasta el momento, su plan funcionaba. Los no humanos habían llegado a la conclusión de que su camarada había sido asesinado por el grupo cuya arma fundamental era la lanza flamígera.
Dejaron el cadáver donde estaba y un grupo de treinta seres, todos vestidos de manera distinta y con rasgos faciales que les diferenciaban, se precipitaron hacia el campamento vecino.
Ilian sonrió. Estaba recuperando su antigua afición por la guerra y las tácticas de combate.
Vio que los no humanos gesticulaban cuando llegaron al otro campamento. Salieron guerreros de las casas, con las espadas desenvainadas. Sabía que Ymryl había prohibido el uso de armas energéticas en los confines del campamento, con lo cual el crimen resultaba doblemente traicionero. De todos modos, no esperaba que el conflicto degenerara en batalla campal, de momento. Había observado que en el campamento reinaba una disciplina somera pero eficaz, cuyo objetivo era impedir enfrentamientos entre ambas facciones.
Las espadas del Milenio Trágico centelleaban a la luz del sol, pero no fueron utilizadas. Un hombre que debía ser el líder de los no humanos discutía acaloradamente con el jefe de los humanos. Después, los dos grupos se dirigieron en tropel al campamento de los no humanos para inspeccionar el cadáver. El líder del Milenio Trágico negó con energía la implicación de sus hombres en el crimen. Indicó que sólo iban armados con espadas y cuchillos. El jefe de los no humanos no quedó convencido. Tenía muy claro de donde había partido el rayo mortífero. Entonces, el jefe humano indicó su campamento y los guerreros cruzaron de nuevo al espacio que separaba los dos campamentos.
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