Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.130
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Tikaxil había existido mucho antes que Garathorm. Fue una bulliciosa ciudad comercial, cuna de los antepasados de Ilian. Una ciudad amurallada. Las murallas se construyeron con gigantescos bosques de madera dura, disponiendo un bloque sobre otro. La mayoría de tales bloques ya habían desaparecido, podridos por completo, pero quedaban algunos fragmentos, así como una o dos casas de madera negra que, si bien rodeadas de gruesas enredaderas y ramas bajas, se mantenían prácticamente igual que en el momento de su edificación.
Los tres se detuvieron en mitad del claro y desmontaron, mirando con cautela a su alrededor. Grandes ramas de árbol se agitaron sobre sus cabezas y sombras moteadas se deslizaron por la hierba.
Ilian interpretó que las sombras móviles eran figuras. Cabía la posibilidad de que fueran los hombres de Ymril, y no sus compatriotas, quienes estuvieran acampados aquí..., si es que alguien había acampado. No apartó la mano de la lanza flamígera, dispuesta a repeler un
ataque.
Katinka van Bak habló en voz alta.
-Si sois amigos nuestros, nos reconoceréis. Sabréis que hemos venido a unirnos a vosotros contra Ymril.
-Aquí no hay nadie -dijo Jhary-a-Conel. Desmontó del jamelgo y echó un vistazo en derredor suyo-. Es un lugar estupendo para pasar la noche.
-Mirad: ésta es vuestra reina, Ilian, hija de Pyran. ¿Recordáis cuando empuñó la espada flamígera y se enfrentó al ejército de Ymryl? Y yo soy Katinta Van Bak, enemiga de Ymryl, como bien sabéis. Éste es Jhary-a-Conel. Sin su ayuda, vuestra reina no estaría aquí ahora.
-Habláis a los pájaros y a las ardillas, Katinka van Bak -se burló Jhary-a-Conel-. Aquí no hay nadie de Garathorm.
Aún no había acabado la frase cuando las redes cayeron y les envolvieron. La mejor demostración de su larga experiencia fue que no se debatieron, sino que, con toda calma, intentaron desenvainar las espadas, para cortar las redes y liberarse. Sin embargo, tanto Katinka como Ilian aún no habían desmontado. Ilian trató de liberarse a mandobles, pero su caballo relinchaba y piafaba, aterrorizado. Sólo Jhary había desmontado y consiguió reptar por debajo de una red. Ya empuñaba la espada cuando una pandilla de hombres y mujeres, todos armados, surgieron de las murallas derruidas y se precipitaron sobre ellos.
Los brazos de Ilian se enredaban cada vez más en las duras fibras de la red y, mientras se debatía, resbaló de la silla y cayó a tierra.
Alguien le propinó una patada en el estómago. Gimió de dolor y oyó que alguien mascullaba insultos contra ella, aunque no comprendió lo que decía.
Era obvio que Katinka van Bak se había equivocado al juzgar la situación. Aquellas personas no eran amigas.
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