Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.129
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Ymryl había previsto las consecuencias. Ilian, atormentada por su traición, habría accedido a todas sus demandas. Se habría entregado a él, casi con agradecimiento, como forma de expiar su culpa. Ilian silbó entre dientes al recordar sus sentimientos. Bien, al menos había logrado frustrar las expectativas de Ymryl.
Magro consuelo, pensó Ilian con cinismo, pero no se sentiría mejor ahora aunque se hubiera acostado con Ymryl. La entrega no la habría absuelto, tan sólo apaciguado su histerismo momentáneo. Jamás podría tranquilizar su conciencia, pese a que sus amigos no la culpaban de lo que había hecho, pero emplearía el odio que sentía en una buena causa. Estaba decidida a destruir a Ymryl y a sus compinches, aún al precio de su propia destrucción. Eso era lo que deseaba. No moriría antes de acabar con Ymryl.
-Hemos de aceptar la posibilidad de que vuestros compatriotas se oculten de nosotros -dijo Katinta Van Bak-. Los que aún luchan contra Ymryl habrán adoptado grandes precauciones, sospechosos de que cualquiera pueda ser un traidor.
-Y en especial yo -dijo con amargura Ilian.
-Quizá no sepan que vuestro hermano fue capturado... -sugirió Jhary-, o desconozcan las circunstancias que condujeron a su captura...
Ni siquiera él creía en sus propias palabras.
-Ymryl se habrá asegurado de que todo el mundo lo sepa -dijo Katinta Van Bak-. Eso es lo que yo hubiera hecho en su lugar, y seguro que adornó los hechos con la peor de las interpretaciones. Demostrado que la última heredera legítima es una traidora, la moral de los rebeldes se debilitará y causarán menos problemas a Ymryl. Yo también conquisté ciudades en mis buenos tiempos, y no dudo de que Ymryl se haya apoderado de otras antes de Virinthorm. Si no os pudo utilizar de una manera, Ilian, os habrá utilizado de otra.
-Cualquier interpretación de mi traición nunca será peor que la verdad, Katinka van Bak -dijo Ilian de Virinthorm.
La aludida calló. Se humedeció los labios y clavó las espuelas en los ijares de su caballo.
Durante la mayor parte del día avanzaron por el espeso bosque. Y cuanto más se internaban, más ocuridad encontraban; una oscuridad fría verde, apacible, preñada de intensos aromas. Estaban al noroeste de la ciudad y se alejaban más que se acercaban a Virinthorm. Katinka van Bak tenía el presentimiento de saber donde encontrarían a algunos de los supervivientes de Garathorm.
Por fin, desembocaron en un claro iluminado por el sol. Parpadearon por efecto de la brillante luz y Katintka Van Bak señaló al otro lado del claro.
Ilian distinguió sombras oscuras bajo los árboles. Formas melladas. Y recordó.
-Claro -exclamó-. ¡Tikaxil! Ymril no sabe nada de la ciudad antigua.
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