Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.127
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Ha tenido lugar una conjunción de planos, pero no sé por qué se ha reunido en este mundo tanta gente de tantos planos diferentes.
Ymryl bostezó y toqueteó su cuerno amarillo.
-En conclusión, no sabéis nada.
-Os aseguro, Ymryl, que estoy trabajando en el problema, pero debo hacerlo a mi manera...
-Oh, no os estoy culpando, hechicero. Lo más irónico de la situación es que, pese a la cantidad de personas inteligentes congregadas aquí, ninguna es capaz de solucionar el problema. Los idiomas que hablamos suenan igual, pero todos son esencialmente diferentes. Los términos no son los mismos. Nuestras referencias no son las mismas. Yo llamo brujería a lo que vos llamáis «ciencia». Yo hablo de dioses y vos habláis de principios científicos. Todo es lo mismo, pero las palabras nos confunden.
-Sois un hombre inteligente, Ymryl, os lo aseguro. Me pregunto por qué perdéis el tiempo de esa forma. Da la impresión de que matar, fornicar o beber no os proporcionan excesivo placer...
-Os estáis pasando, y eso que soy tolerante -dijo Ymryl con suavidad-. Tengo que pasar el tiempo de alguna manera, y estimo en poco la cultura, salvo cuando me resulta útil. Vuestros conocimientos me han sido de utilidad anteriormente. Vivo en la paciente esperanza de que volverán a serme útiles. Estoy condenado, barón Kalan. Lo sé. Me condené en el momento en que acepté el obsequio de este cuerno que cuelga de mi cuello. El cuerno que ayudó a convertirme en el monarca de Hythiak, la nación más poderosa de mi mundo, cuando hasta aquel momento sólo era el jefe de una banda de ladrones de ganado. -Ymryl sonrió-. El duque Arioco en persona me dio el cuerno. Solicitaba la ayuda del Infierno siempre que yo la necesitaba. Me hizo grande. Sin embargo, también me convirtió en un esclavo: esclavo de los Señores del Caos. No puedo devolver este regalo, de la misma forma que no puedo negarme a servirles. Y por estar condenado, la vida carece de sentido para mí. Cuando era ladrón de ganado tenía ambiciones. Ahora, añoro aquellos tiempos sencillos, cuando pasaba el tiempo bebiendo, matando y fornicando. -La sonrisa de Ymryl se convirtió en una carcajada-. Da la impresión de que el trato me ha reportado muy poco.
Rodeó con el brazo la encorvada espalda del hechicero y salió con él de la habitación.
-Vamos. Quiero ver los progresos de vuestros experimentos.
El gatito se asomó al borde del saliente y miró hacia abajo. Las dos muchachas seguían durmiendo, fundidas en su estrecho abrazo.
El gato oyó que las carcajadas de Ymryl despertaban ecos en la habitación. Saltó desde el saliente, pasó por encima de la cama y salió por la ventana, de vuelta a donde le aguardaba Jhary-a-Conel.
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