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Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.124

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Se encontraba en un dormitorio. La estancia estaba atestada de ricos brocados, sedas y capas de pluma. La cama estaba desecha y muy desordenada. Por todas partes se veían diseminadas copas de vino vacías, y había señales de que se había derramado mucho vino por toda la habitación en el curso de semanas o meses. En la cama yacía un hombre desnudo. A su lado, dormían dos muchachas, estrechamente abrazadas. Había cortes y magulladuras en sus cuerpos. Las dos tenían el cabello negro y la piel pálida. El cabello del hombre era de un vivo color amarillo, tal vez teñido. El vello de su cuerpo no era del mismo color, sino de un castaño rojizo. Tenía un cuerpo muy musculoso y debía medir, como mínimo, dos metros de largo. La cabeza era grande y ahusada desde los anchos pómulos a la mandíbula; una cabeza brutal y poderosa, aunque emanaba cierta sensación de debilidad. El mentón puntiagudo y la boca cruel afeaban la cara (aunque tal vez alguien la encontrara atractiva) hasta crear un conjunto extrañamente repulsivo.

Era Ymryl.

Un cuerno de ámbar recubierto de plata colgaba mediante una cuerda de su grueso cuello.

Ymryl, el Cuerno Amarillo.

Y el cuerno se oía desde kilómetros de distancia, por si necesitaba convocar a sus hombres. Se decía que las notas del cuerno también podían oírse en otras partes. Se decía que podían oírse en el Infierno, donde Ymryl tenía camaradas.

Ymryl se removió, como si hubiera notado la presencia del gato. Éste se deslizó enseguida hacia un saliente de la pared más alejada. En otro tiempo habían colgado trofeos de ella, pero el escudo de oro ganado por los antepasados de Ilian había sido quitado meses antes. Ymryl tosió, gruñó y abrió los ojos un poco. Rodó sobre la cama, apoyó los codos sobre el culo de una chica y se sirvió vino de la jarra que descansaba sobre la mesilla de noche. Vació la copa, sorbió por la nariz y se incorporó en la cama.

-¡Garko! -ladró Ymryl-. ¡Ven, Garko!

Un ser salió trotando de otra habitación. Tenía cuatro piernas cortas, un torso redondo en el que estaba sepultada la cara y largos brazos delgados, terminados en unas enormes manos.

-¿Sí, amo? -susurró Garko.

-¿Qué hora es?

-Ya ha anochecido, amo.

-Así que he dormido todo el día, ¿eh? -Ymryl se levantó y se puso una bata sucia, robada del guardarropa del rey-. Otro día aburrido, sin duda. ¿No hay noticias del oeste?

-No. Si pensaran atacar, a estas alturas ya lo sabríamos, señor.

-Supongo que sí. ¡Por Arioco! Me aburro, Garko. Empiezo a sospechar que estamos aquí como castigo.


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