Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.123
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Había lágrimas en sus ojos y trató de contenerlas.
-Sea como sea, hay mucho que hacer -dijo Jhary-a-Conel.
2. Malvados de un millar de esferas
El gatito blanco y negro sobrevolaba el bosque, conducido por una corriente de aire caliente. El sol descendía hacia el horizonte. El gato aguardó, porque prefería actuar de noche. Desde el suelo, si alguien conseguía verlo, lo confundirían con un halcón. Planeaba, sin mover apenas las alas, sobre una ciudad ocupada recientemente por un ejército numeroso y feroz.
Katinka van Bak no había mentido al describir el ejército que la había vencido. Su única mentira hacía referencia a dónde había luchado contra este ejército y a cuáles eran las intenciones de los invasores. En cierto sentido, desde luego, había ocupado las Montañas Búlgaras, ¿pues acaso no existía este país, de una forma misteriosa, dentro de su límite?
Mientras el sol se hundía, también el gatito blanco y negro descendía cada vez más, hasta que se posó sobre una rama cercana a la copa de uno de los árboles más altos. La brisa agitaba las hojas y producía la impresión, desde donde estaba el gato, de que el árbol se movía como las olas de un mar extraño.
El gato saltó y aterrizó sobre una rama más baja, volvió a saltar y esta vez desplegó sus alas. Voló unos metros, antes de encontrar otro lugar seguro.
Procedió a descender poco a poco hacia la ciudad, cuyas luces se veían muy abajo. No era la primera vez que el gato espiaba para su amo, Jhary-a-Conel, que se dirigía a un lugar inaccesible a Jhary, o a sus amigos.
Por fin, el gato alcanzó una rama que colgaba sobre el centro de la ciudad. Virinthorm carecía de murallas, pues hacía mucho tiempo que no las necesitaba, y todos sus edificios principales estaban construidos de ébano pulido y labrado, incrustado en marfil de ballena comprado a los pueblos ribereños del sur. En otros tiempos, aquella gente había cazado ballenas, pero ahora los pocos miembros que quedaban eran cazados por monstruos. Los demás edificios estaban hechos de madera dura, porque la piedra no abundaba en Garathorm, y las que aún quedaban en pie poseían un aspecto encantador.
El gato saltó y hundió sus garras en el suave techo de un enorme edificio. Trepó a la viga principal.
Un horrible hedor invadía la ciudad: el olor a muerte y putrefacción. El gato lo consideró al instante desagradable e interesante, pero reprimió el instinto de explorar el origen del olor. Desplegó las alas, abandonó el tejado, perdió altura rápidamente y se deslizó por una ventana abierta.
El extraordinario sexto sentido del gato no le había engañado.
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