Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.122
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Fue imposible detenerle. Dos batallas tuvieron lugar en el enorme claro que se extendía frente a la ciudad. En la primera, el rey Pyran salió con la antigua bandera de guerra de sus antepasados, la bandera flamígera, que ardía con un extraño fuego y cuya tela nunca se quemaba. Se lanzó contra Ymryl con aquella bandera en la mano, al frente de un ejército mal armado y compuesto por ciudadanos inexpertos. El rey Pyran y su gente fueron exterminados. Ilian apenas tuvo tiempo de arrancarle la bandera de la mano y huir con los restos de sus guerreros profesionales, aquellos que en el pasado habían compartido su entusiasmo por las artes militares y que en breve plazo se habían convertido en endurecidos veteranos.
Tuvo lugar una última batalla, en la que Ilian y Katinka van Bak se pusieron al frente de varios cientos de supervivientes y atacaron a Ymryl. Opusieron feroz resistencia y acabaron con muchos de los invasores, pero al final fueron vencidos. Ilian ignoraba si algunos de los suyos habían podido escapar, pero daba la impresión de que no había supervivientes, a excepción de Katinka van Bak y ella.
Después, fueron capturadas. Ymryl ardió en deseos de poseerla en cuanto la vio, adivinando además que, con ella a su lado, no tendría ninguna dificultad en gobernar a los ciudadanos que aún se escondían en los bosques más allá de Virinthorm y mataban a sus hombres cuando caía la noche.
Cuando ella se resistió, dio orden de que la encarcelaran, de que sólo debía dormir y comer lo suficiente para seguir con vida. Sabía que, pasado un tiempo, accedería a sus deseos.
Y ahora, mientras comía, Ilian recordó de repente lo que había hecho. Algo que Katinka van Bak había callado. Ilian apenas pudo engullir la comida cuando se volvió y clavó una mirada penetrante en Katinka van Bak.
-¿Por qué no me habéis recordado lo de mi hermano? -preguntó con frialdad.
-No fue culpa vuestra -respondió Katinka van Bak. La mujer bajó la mirada-. Yo hubiera hecho lo mismo que vos. Cualquiera lo habría hecho. Os torturaron.
-Y yo se lo dije. Les dije donde estaba escondido. Le encontraron y le asesinaron.
-Os torturaron -insistió Katinka van Bak-. Destrozaron vuestro cuerpo. Lo ultrajaron. No os dejaron dormir. No os dejaron comer. Querían dos cosas de vos. Sólo les disteis una. ¡Fue todo un triunfo!
-Queréis decir que, en lugar de entregarme, entregué a mi hermano. ¿Llamáis a eso un triunfo?
-En aquellas circunstancias, sí. Olvidadlo, Ilian. Aún podemos vengar a vuestro hermano... y a los demás.
-Mucho he de hacer para expiar aquel crimen -dijo Ilian.
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