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Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.120

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La intensidad de sus colores era casi cegadora. Predominaban los escarlatas, los púrpuras y los amarillos. Entre ellas volaban mariposas de proporciones comparables a las de las flores, y de colores aún más intensos. Las alas de un insecto, particularmente hermoso, medían casi sesenta centímetros de largo. Y entre los troncos de los árboles, invadidos de enredaderas, aleteaban grandes pájaros, cuyo plumaje brillaba en el corazón del bosque. Ilian sabía que los humanos no debían temer nada de los pájaros y animales que habitaban el bosque. Respiró el sofocante aire con satisfacción y sonrió.

-Sí, soy Ilian de Garathorm -dijo-. ¿Quién no desearía serlo? ¿Quién querría vivir en otro lugar que no fuera Garathorm, aún en estos tiempos?

-Exactamente -dijo Jhary-a-Conel, algo más tranquilizado.

Katinka van Bak desenrolló una gran capa de piel que Ilian no recordaba haber visto antes. La capa contenía varios tarros de piedra. Las tapas de los tarros estaban selladas con cera.

-Conservas -explicó la mujer-. Carne, fruta y verduras. Tenemos para varios días. Comamos.

Y mientras comían, Ilian recordó los terrores de los últimos meses.

Garathorm se había convertido en un país unificado dos siglos antes, gracias a la diplomacia (por no mencionar la sed de poder) de los antepasados de Ilian. Durante aquellos doscientos años, la paz y la prosperidad habían reinado sobre todos los habitantes del gran continente boscoso. El conocimiento floreció, así como las artes. La capital de Garathorm, la ciudad negra de Virinthorm, había crecido mucho. Sus suburbios se alejaban varios kilómetros de la ciudad vieja, bajo las ramas de los inmensos árboles, que protegían Garathorm de las torrenciales lluvias que caían sobre la ciudad un mes al ano. Se decía que en épocas pretéritas habían existido otros continentes y Garathorm era un desierto. Después, algún cataclismo barrió la Tierra y tal vez fundió el hielo de los polos, y cuando el cataclismo concluyó sólo quedó Garathorm. Y Garathorm había cambiado; el follaje creció en grandes proporciones. Se desconocía el motivo. Los eruditos de Garathorm aún no habían encontrado la respuesta. Tal vez yacía en el mar, en las tierras hundidas.

Veinte años antes, Pyran, padre de Ilian, había accedido al trono cuando murió su tío. Ilian había nacido justo dos años atrás. Y el reinado de Pyran dio comienzo a lo que muchos creían que iba a ser la Edad de Oro de Garathorm. Ilian creció en una atmósfera plácida y feliz. Siempre activa, pasaba mucho tiempo cabalgando a lomos de las vayna, una especie de avestruces. Las vayna alcanzaban notable velocidad cuando corrían sobre el suelo, y casi la misma sobre las gruesas ramas de los árboles, saltando de rama en rama con un jinete encima.


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