Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.119
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¿Os acordáis, Ilian? Cogisteis aquella bandera de fuego, famosa en toda Garathorm, y os dirigisteis contra las fuerzas de Ymryl...- dijo en voz baja Katinka van Bak-. Mientras viví en la corte del Pyran, tras mi huida del Imperio Oscuro, os instruí en el manejo de la espada, el hacha y el escudo, y pusisteis mis enseñanzas en práctica de manera espléndida, hasta que vos y yo fuimos los únicos supervivientes en el campo de batalla.
-Me acuerdo -dijo Ilian-. Y nos perdonaron la vida porque les divirtió descubrir que éramos mujeres. ¡Ay, la humillación que experimenté cuando Ymryl me arrancó el yelmo de la cabeza! «Gobernarás a mi lado», dijo, y extendió una mano, todavía manchada con la sangre de mi pueblo, y tocó mi cuerpo. Oh, claro que me acuerdo. -La voz de Ilian había adoptado un tono duro y feroz-. Y recuerdo que fue entonces cuando juré matarle, pero sólo había un forma y fui incapaz de plegarme a ella. No pude. Me encarceló, por resistirme a sus avances...
-Y así pude rescataros. Huimos. Su banda nos persiguió. Luchamos y la destruimos, pero los hechiceros de Ymryl nos localizaron. Loco de furor, les ordenó que os robaran el alma.
-Ah, sí. Atacaron. No recuerdo nada más.
-Estábamos escondidas en una cueva. Yo abrigaba la idea de conduciros a mi mundo, donde pensaba que estaríais a salvo, pero cuando vuestra alma os fue arrebatada ya no valió la pena. Encontré a Jhary-a-Conel, que había sido traído a Garathorm por las mismas fuerzas que habían traído a Ymryl. Entre los dos decidimos los pasos a seguir. Vuestra mente aún guardaba sus recuerdos, pero faltaba algo, una esencia. Teníamos que encontrar una nueva alma. Y Hawkmoon, que se pudría en su torre del castillo de Brass, no utilizaba la suya. Hicimos lo que debíamos hacer, aún con grandes recelos. Y ahora, tenéis alma otra vez.
-¿Qué hay de Ymryl?
-Os cree muerta. Sin duda os ha olvidado y cree que gobierna Garathorm sin nada que temer. Su ejército de escoria asuela todo el país. Con todo, esos seres no han podido destruir la belleza de Garathorm.
-Garathorm aún es bella -reconoció Ilian.
Desde la entrada de la caverna, en la ladera de la colina, contempló su mundo con ojos nuevos, como si lo viera por primera vez.
No lejos divisó la linde del gran bosque, el bosque que cubría el único continente de este mundo. Salvo Garathorm, todo lo demás era mar, en el que flotaba la pequeña isla. Y los árboles eran enormes. Algunos alcanzaban una altura de varias decenas de metros.
En el inmenso cielo azul brillaba un gigantesco sol dorado, cuyos rayos bañaban las corolas de las flores, que medían más de seis metros de ancho.
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