Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.114
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Aves de rapiña trazaban círculos entre los picos dentados. Sólo se oía el ruido de su respiración, el repiqueteo de los cascos de los caballos sobre las rocas, su lento avance. El paisaje que se divisaba desde aquellos senderos montañosos era hermosísimo, pero también mortífero, frío, cruel. Muchos viajeros debían morir en aquellos parajes durante el invierno.
Hawkmoon se había puesto un espeso pellejo sobre sus ropas de piel. Aunque sudaba, no quería quitarse ninguna prenda por temor a quedarse congelado. Los demás también iban bien arropados: capuchas, guantes, botas y abrigos. Los senderos descendían en muy pocas ocasiones, pero volvían a ascender en la siguiente revuelta.
El aspecto de las montañas, pese a su belleza mortífera, era apacible. Una inmensa sensación de paz reinaba en los valles, y Hawkmoon apenas podía creer que un ejército de bandidos se ocultara en ellas. Nada indicaba que las montañas hubieran sido invadidas. A veces, tenía la sensación de ser el primer hombre que seguía aquella senda. Aunque la progresión era lenta y fatigosa, no se había sentido tan relajado desde que era niño, cuando su padre gobernaba Colonia. Su única responsabilidad era sencilla: seguir con vida.
Y por fin llegaron a una senda algo más amplia, donde Hawkmoon pudo moverse a sus anchas, tal como deseaba. La senda desembocaba de repente en la entrada de una enorme cueva oscura.
-¿Qué es esto? -preguntó Hawkmoon a Katinka-. Parece un callejón sin salida. ¿Es un túnel?
-Sí -contestó la mujer-. Es un túnel.
-¿Cuánto nos quedará de viaje cuando lleguemos al otro extremo del túnel?
Hawkmoon se apoyó contra la pared rocosa, junto a la entrada del túnel.
-Eso depende -fue la misteriosa contestación de Katinka van Bak, que no añadió nada más.
Hawkmoon estaba demasiado débil para preguntar qué quería decir. Se internó en el túnel, guiando a su caballo por la brida, contento de que la nieve ya no dificultara su paso. Hacía calor en la cueva y olía a primavera. Sólo Hawkmoon se dio cuenta, y los otros dos se preguntaron si algún perfume se había adherido a su enorme capa de piel. El suelo de la caverna era llano y caminaron con mayor facilidad.
-Cuesta creer que este lugar sea obra de la naturaleza -dijo Hawkmoon-. Es una maravilla.
Tras una hora de caminata, sin que se viera el final del túnel, Hawkmoon empezó a ponerse nervioso.
-No puede ser natural -masculló.
Palpó las paredes, pero nada indicaba que hubieran sido creadas por herramientas. Se volvió hacia sus acompañantes y pensó, en la oscuridad, que distinguía expresiones extrañas en sus rostros.
-¿Cuál es vuestra opinión? Ya conocéis este lugar, Katinka van Bak.
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