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Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.113

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Otra imagen, esta vez de un barco..., pero un barco que surcaba otra llanura de hielo. Y no ocurría en los mismos mundos; de eso estaba seguro. Ninguno era este mundo, su mundo. Intentó apartar tales pensamientos de su mente, pero eran persistentes.

Quizá debería plantear sus dudas a Katinka van Bak y a Jhary-a-Conel, pero no se decidía. Pensaba que las respuestas tal vez no le agradarían.

Continuaron el viaje bajo la nieve remolineante, el terreno se hizo bastante empinado y la velocidad disminuyó un poco, aunque no demasiado.

A juzgar por lo que veía del paisaje circundante, no había señales de ataques recientes. Hawkmoon, que sujetaba las riendas de los ocho caballos, expresó su opinión a Katinka van Bak.

Su respuesta fue sucinta.

-No tiene por qué haberlos. Os dije que sólo asolaban el otro lado de las montañas.

-Pues tiene que haber una explicación a eso, y si descubrimos la explicación encontraremos su punto débil.

Por fin, las carreteras se hicieron demasiado empinadas y los cascos de los caballos patinaron en el hielo. La nieve había remitido y estaba anocheciendo. Hawkmoon señaló un prado que se extendía bajo ellos.

-Los caballos pueden pastar allí. La hierba es aceptable. Y hay una cueva donde podrán guarecerse. Es lo máximo que podemos hacer por ellos, me temo.

-Muy bien -dijo Katinka van Bak.

Consiguieron desviar de su camino a los caballos, no sin grandes esfuerzos, y bajaron por el sendero hasta llegar al prado cubierto de nieve. Hawkmoon apartó la nieve con la bota para indicar la hierba que crecía debajo, pero los caballos no necesitaron su ayuda. Estaban acostumbrados a tales avatares y emplearon sus cascos para quitar la nieve. Como casi había anochecido, los tres decidieron pasar la noche en la cueva con los caballos, antes de continuar hacia las montañas.

-El tiempo juega a nuestro favor -indicó Hawkmoon-, porque nuestros enemigos tienen menos posibilidades de vernos.

-Muy cierto -aprobó Katinka van Bak.

-Por otra parte, hemos de ser cautelosos -continuó Hawkmoon-, porque tampoco los veremos hasta que los tengamos encima. ¿Conocéis esta zona, Katinka van Bak?

-Bastante bien.

La mujer estaba encendiendo un fuego en el interior de la caverna, pues los hornillos que les había proporcionado el príncipe para cocinar no servían para calentar la cueva.

-Esto es ideal - comentó Jhary-a-Conel-. No me importaría pasar el resto del invierno aquí. Reemprenderíamos el viaje cuando llegara la primavera.

Katinka le dirigió una mirada de desdén. Jhary sonrió y guardó silencio durante un rato.

Cabalgaban bajo un cielo inexorable. No crecía nada en aquellas montañas, salvo un poco de musgo agostado y algunos raquíticos abedules grises y pardos.


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