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Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.112

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Y cuando Hawkmoon se tendió en la enorme cama de una confortable habitación, que un agradable fuego calentaba, contempló las sombras que jugueteaban sobre los bellos tapices que decoraban las paredes y meditó durante unos minutos en los posibles motivos de Katinka van Bak para guardar silencio, antes de sumirse en un sueño profundo, que ninguna pesadilla atormentó.

En el gran trineo cabían hasta doce soldados con armadura y habría podido venderse por una fortuna, pues estaba incrustado de oro, platino, marfil y ébano, amén de piedras preciosas. Sólo un maestro había podido cincelar la madera del armazón. Hawkmoon y Katinka van Bak se resistieron a aceptar el obsequio del príncipe Karl, pero el hombre insistió.

-Es lo más adecuado para este tiempo. Vuestros caballos os seguirán y estarán frescos cuando los necesitéis.

Ocho caballos castrados tiraban del trineo, atados a un arnés de piel negra y plata. Se habían fijado campanas al arnés, aunque estaban bien envueltas para ahogar el ruido.

Nevaba con intensidad y la carretera que conducía a Pesht estaba resbaladiza. Era lógico utilizar el trineo en tales circunstancias. El trineo iba cargado de provisiones y pieles, y contaba con una capota que podía alzarse rápidamente si el tiempo empeoraba. Tenían artefactos antiguos, primos lejanos de las lanzas flamígeras, para preparar la comida, variada y suficiente para alimentar a un pequeño ejercito. El príncipe Karl no había dicho que estaba encantado de recibirles por mera cortesía.

Jhary-a-Conel aceptó sin ambages el trineo. Rió de placer cuando subió y se sentó entre una profusión de pieles carísimas.

-Recordad cuando erais Urlik -dijo a Hawkmoon-. Urlik Skarsol, príncipe del Hielo Austral. ¡Tiraban osos de vuestro carruaje!

-No recuerdo esa experiencia -replicó Hawkmoon-. Me gustaría saber por qué os empeñáis en proseguir esta farsa.

-Bueno, quizá lo entenderéis más tarde -repuso filosóficamente Jhary.

El príncipe Karl de Pesht se despidió de ellos en persona, y agitó la mano desde las impresionantes murallas de la ciudad hasta que se perdieron de vista.

El enorme trineo se desplazaba a gran velocidad y Hawkmoon se preguntó por qué experimentaba una mezcla de júbilo y recelo al viajar a tal velocidad. Una vez más, Jhary había mencionado algo que despertaba un eco en su memoria. Sin embargo, estaba seguro de que nunca había sido ese tal «Urlik»; a lo sumo, habría soñado alguna vez ese nombre.

El ritmo del viaje se mantuvo constante, porque las condiciones climatológicas jugaban a su favor. Los ocho caballos negros parecían incansables, y les acercaban cada vez más a las Montañas Búlgaras.

Pese a todo, una aterradora sensación de familiaridad embargaba a Hawkmoon. La imagen de un carruaje de plata, cuyas cuatro ruedas iban fijadas a esquíes, que atravesaba implacablemente una gran llanura de hielo.


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