Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.110
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De todos modos, he advertido que en esta ocasión mi nombre no ha cambiado. -Jhary lanzó una carcajada-. Mis recuerdos vienen y van, como los nuestros. Eso nos salva.
-Habláis en acertijos, amigo Jhary.
-A menudo me lo decís. -Jhary se encogió de hombros-. Sin embargo, esta aventura me parece un poco diferente, debo admitirlo. Me encuentro en la peculiar situación de ser zarandeado de una dimensión a otra. Desestructuraciones a gran escala, causadas por los experimentos de algún hechicero loco, sin duda. Por no mencionar el interés que demuestran los Señores del Caos cuando se les ofrece una oportunidad así. Supongo que juegan algún papel en todo esto.
-¿Los Señores del Caos? ¿Quiénes son?
-Ah, es algo que debéis descubrir vos mismo, si no lo sabéis. Algunos dicen que moran en el confín del tiempo y que sus intentos de manipular el tiempo a su capricho es el resultado de que su mundo está agonizando, pero es una teoría cogida por los pelos. Otros sugieren que no existen, pero que la imaginación de los hombres los conjuran periódicamene.
-¿Sois un hechicero, maese Jhary? -preguntó Katinka van Bak, retrocediendo hacia ellos.
-Creo que no.
-Un filósofo, como mínimo.
-La experiencia moldea mi filosofía, eso es todo.
Jhary, cansado al parecer de la conversación, se negó a continuar abundando en el tema.
-Mi única experiencia del tipo que insinuabais -dijo Hawkmoon- fue con el Bastón Rúnico. ¿Es posible que esté relacionado con lo que sucede en las Montañas Búlgaras?
-¿El Bastón Rúnico? Tal vez.
Una gran nevada había caído sobre la ciudad de Pesht. Construida de piedra blanca tallada, la ciudad había sobrevivido a los asedios del Imperio Oscuro y su aspecto actual recordaba al que tenía antes de que Granbretán iniciara sus conquistas. La nieve brillaba sobre cada superficie y, como los tres héroes llegaron en una noche de luna llena, daba la impresión de que llamas blancas consumían Pesht.
Se detuvieron ante las puertas pasada la medianoche y les costó bastante despertar al guardia, que les dejó pasar con gran aparato de gruñidos y preguntas sobre sus intenciones. Cabalgaron por anchas y vacías avenidas, en busca del palacio del príncipe Karr de Pesht. En otros tiempos, el príncipe Karl había cortejado a Katinka van Bak y solicitado su mano. Habían sido amantes durante tres años, pero ella nunca aceptó casarse con él. Ahora, estaba casado con una princesa de Zagredia y era feliz. Katinka y él continuaban siendo amigos. El príncipe la había acogido bajo su techo cuando huyó de Ukrainia. Le sorprendería verla.
El príncipe Karl de Pesht se quedó sorprendido. Llegó a su adornado salón con un bata de brocado, los ojos anegados en sueño, pero ver a Katinka van Bak le alegró.
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