Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.108
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Soy Jhary-a-Conel y no debería estar aquí, pero últimamente tienen lugar muchas desestructuraciones en el multiverso. ¡Fui separado de cuatro reencarnaciones distintas en otros tantos minutos! ¿Cómo os llaman, pues?
-Sigo sin comprender-se empeñó Hawkmoon-. ¿Cómo me llaman? Soy el duque de Colonia. Soy Dorian Hawkmoon.
-Os saludo de nuevo, duque Dorian. Soy vuestro compañero. Ignoro cuánto tiempo permaneceré a vuestro lado. Como ya he dicho, extrañas desestructuraciones...
-Farfulláis tonterías sin cesar, sir Jhary -se impacientó Katinka van Bak-. ¿Cómo habéis llegado a estos parajes?
-Fui transportado contra mi voluntad a esta tierra desolada, señora.
De repente, el saco del joven empezó a saltar y retorcerse, Jhary-a-Conel lo depositó con suavidad en el suelo, lo abrió y sacó un pequeño gato alado blanco y negro. El mismo que Hawkmoon había visto en su visión.
Hawkmoon se estremeció. Si bien el joven era agradable, tenía la terrible sospecha de que la aparición de Conel anunciaba algún acontecimiento desagradable para él. Al igual que no entendía por qué Conel le recordaba a Oladahn, tampoco entendía por qué otras cosas le resultaban familiares. Ecos. Ecos como aquellos que le habían convencido de que Yisselda continuaba con vida...
-¿Conocéis a Yisselda? -probó-. ¿Yisselda de Brass?
Jhary-a-Conel frunció el ceño.
-Creo que no, pero conozco a muchas personas y me olvido de casi todas, del mismo modo que me olvidaré de vos algún día. Es mi sino. El mismo que el vuestro, por supuesto.
-Habláis de mi sino como si supierais más de él que yo.
-Y así es, en este contexto. En otra ocasión, ninguno reconocerá al otro. Campeón, ¿qué os llama ahora?
Como campeón del Bastón Rúnico, Hawkmoon estaba acostumbrado a esta fórmula, aunque muy pocos la utilizaban. El resto de la frase era un misterio para él.
-Nada me llama. He emprendido una búsqueda en compañía de esta dama. Una búsqueda urgente.
-Entonces, no hay tiempo que perder. Un momento.
Jhary-a-Conel corrió colina arriba y entró en el castillo derruido. Un segundo después salió conduciendo un viejo caballo amarillo. Era el rucio más feo que Hawkmoon había visto en su vida.
-Dudo que pudierais mantener nuestro paso con ese jamelgo -dijo Hawkmoon-, aun en el caso de que os hubiéramos dado permiso. Que no es el caso.
-Lo haréis.
Jhary-a-Conel puso el pie en el estribo y se izó sobre la silla. El caballo pareció derrumbarse bajo su peso.
-Al fin y al cabo, nuestro sino es cabalgar juntos.
-A vos, amigo mío, tal vez se os antoje predeterminado -dijo Hawkmoon, malhumorado-, pero yo no comparto dicha creencia.
Pero sí la compartía.
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