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Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.107

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Buenas noches, Hawkmoon.

A la mañana siguiente, los cascos de sus caballos hollaron la delgada capa de nieve, aunque continuaban cayendo abundantes copos. Las nubes desaparecieron a la primera hora de la tarde y el cielo quedó despejado. La nieve empezó a fundirse. No había sido una nevada espectacular, pero constituía un anticipo de lo que les esperaba cuando llegaran a las Montañas Búlgaras.

Cabalgaron por un terreno sembrado de colinas que, en otro tiempo, había formado parte del reino de Viena, pero el reino había sido asolado y su población exterminada. La hierba volvía a crecer en la tierra calcinada y muchas ruinas estaban cubiertas de enredaderas. Tiempo después, los viajeros admirarían aquellas hermosas reliquias, pensó Hawkmoon, pero no podía olvidar que eran el resultado de la desmedida ansia de conquistar el mundo que había poseído a Granbretán.

Pasaban frente a los restos de un castillo asentado sobre una elevación, cuando Hawkmoon creyó oír un ruido procedente del lugar.

-¿Habéis oído? -susurró Hawkmoon a Katinka van Bak, que cabalgaba a su lado.

-¿Una voz humana? Sí, la he oído. ¿Distinguisteis las palabras?

Se volvió en su silla y le miró.

Hawkmoon negó con la cabeza.

-No. ¿Vamos a investigar?

-No tenemos tiempo.

Señaló el cielo, que se había nublado de nuevo.

Sin embargo, los dos tiraron de las riendas de sus caballos y contemplaron el castillo.

-¡Buenas tardes!

La voz tenía un acento extraño, pero era alegre.

-Tenía el presentimiento de que pasaríais por aquí, campeón.

Y de las ruinas surgió un joven delgado, tocado con un sombrero de ala ancha, algo ladeado. Llevaba una pluma sujeta a la cinta. Vestía un justillo de terciopelo, bastante sucio, y pantalones azules, también de terciopelo. Calzaba botas de ante. Cargaba a la espalda un pequeño saco. De su cintura colgaba una fina y sencilla espada.

Y Dorian Hawkmoon le reconoció, aterrorizado.

Desenvainó la espada, aunque el extraño no parecía peligroso.

-¿Cómo? ¿Me consideráis un enemigo? -preguntó el joven, sonriente-. Os aseguro que no lo soy.

-¿Le habíais visto antes, Hawkmoon? -saltó Katinka van Bak-. ¿Quién es?

Era la visión que Hawkmoon había tenido en su cama del castillo de Brass, antes de que llegara la mujer soldado.

-No lo sé -dijo Hawkmoon con voz estrangulada-. Esto huele a brujería. Obra del Imperio Oscuro, tal vez. Se parece... Me recuerda a un amigo mío, aunque no tienen nada en común. .

-Un viejo amigo, ¿eh? -dijo el desconocido-. Eso soy, campeon. ¿Cómo te llaman en este mundo?

-No os entiendo.

Hawkmoon envainó su espada, a regañadientes.

-Siempre ocurre lo mismo cuando os reconozco.


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