Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.105
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Llegaron a la segunda parte del viaje cuando entraron en los territorios del duque Mikael de Bahzel, pariente lejano de Hawkmoon y a cuyo servicio había luchado Katinka van Bak, durante las disputas del duque con otro de sus parientes, el ya fallecido Pretendiente de Estrasburgo. Cuando el Imperio Oscuro ocupó sus tierras, el duque Mikael fue objeto de las más groseras humillaciones, y nunca se recuperó por completo. Se había convertido en un misántropo y su esposa ejercía casi todas sus funciones en su nombre. Se llamaba Julia de Padova, hija del Traidor de Italia, Enric, que había establecido un pacto con el Imperio Oscuro contra su propio pueblo y, como recompensa, fue asesinado por los Señores de las Bestias. Tal vez por conocer la bajeza de su padre, Julia de Padova gobernaba la provincia con gran justicia. Hawkmoon reparó en la evidente prosperidad del campo. Ganado bien alimentado pacía en una hierba excelente. Las granjas, recién pintadas y de piedra pulida, resplandecían. Los tejados estaban labrados en el estilo recargado tan apreciado por los campesinos de estos parajes.
Sin embargo, cuando llegaron a la capital, Bazhel, fueron recibidos por Julia de Padova con moderada gentileza, y su hospitalidad no fue excesiva, como si se esforzara en olvidar los viejos tiempos en que el Imperio Oscuro había gobernado toda Europa. Por lo tanto, ver a Hawkmoon no la hizo feliz, porque había jugado un papel muy importante en la lucha contra el Imperio y le recordaba el pasado: la humillación de su marido y la traición de su padre.
De ese modo, la pareja no pasó mucho tiempo en Bazhel, sino que siguió hasta Munchenia, donde el viejo príncipe intentó halagarles con regalos y les suplicó que se quedaran más tiempo y le contaran sus aventuras. Aparte de advertirle sobre lo que había ocurrido en Ukrainia (se mostró escéptico), mantuvieron en secreto su misión y se marcharon a regañadientes, provistos de mejores armas y mejores ropas, Si bien Hawkmoon no había querido desprenderse de su gran capa de piel, porque la llegada del invierno era inminente.
Cuando Dorian Hawkmoon y Katinka van Bak llegaron a Linz, ahora una república, las primeras nieves habían caído sobre las calles de la pequeña ciudad de madera, reconstruida después de haber sido arrasada por los ejércitos de Granbretán.
-Hemos de acelerar la marcha -dijo Katinka van Bak a Hawkmoon, mientras tomaban algo en una buena posada situada en la plaza central de la ciudad-. De lo contrario, encontraremos cerrados los pasos de las Montañas Búlgaras y nuestro viaje habrá sido en vano.
-Me pregunto si no habrá sido en vano desde un principio -contestó Hawkmoon, sosteniendo la copa de vino humeante con sus manos enguantadas.
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