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Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.104

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Así avanzaron tres días más, casi sin descansar, hasta que Hawkmoon se desmayó y cayó a tierra. Ya le daba igual encontrar o no a Yisselda. Tampoco culpaba o disculpaba a Katinka van Bak por el trato inhumano que le dispensaba. Sus dolores se habían convertido en una agonía permanente. Se movía cuando el caballo se movía. Se paraba cuando el caballo se paraba. Comía lo que Katinka van Bak ponía, a veces, delante de él. Dormía las escasas horas que le dejaban. Y luego se desmayaba.

En una ocasión, se despertó y vio que sus pies oscilaban al otro lado del caballo, y adivinó que Katinka van Bak había proseguido el viaje después de atarle a la silla de su montura.

Fue de esta forma que, unos días después, Dorian Hawkmoon, duque de Colonia, campeón del Bastón Rúnico, héroe de Londra, entró en la antigua ciudad de Lyon, capital de la Lyonesse, su caballo tirado por una anciana cubierta con una armadura polvorienta.

Y la siguiente vez que Dorian Hawkmoon se despertó, yacía en una mullida cama, rodeado de jóvenes doncellas que le sonreían y ofrecían comida. Por un momento, se negó a aceptar su existencia.

Pero eran reales, la comida buena, y el descanso le revivió. Dos días más tarde, el reacio Hawkmoon, mucho más recuperado partió en compañía de Katinka van Bak para continuar la búsqueda del miserable ejército atrincherado en las Montañas Búlgaras.

-Por fin habéis echado carnes -dijo una mañana la mujer, mientras cabalgaban en dirección al sol, que teñía de un verde resplandeciente las suaves colinas del país que atravesaban. Katinka cabalgaba a su lado, pues ya no consideraba necesario tirar de su caballo. Palmeó su hombro-. Y vuestros huesos se han fortalecido. Ninguno de vuestros males era irremediable, como veis.

-No sé si vale la pena someterse a tan crueles sacrificios para sanar -replicó Hawkmoon.

-Algún día me lo agradeceréis.

-No estoy muy seguro, Katinka van Bak, y os los digo con toda sinceridad.

Y entonces, Katinka van Bak, regente de Ukrainia, lanzó una estruendosa carcajada y espoleó a su caballo.

Hawkmoon se vio obligado a admitir que sus dolores casi habían desaparecido y que se sentía mucho mejor dispuesto a resistir un largo viaje a caballo. Su estómago aún se revolvía de vez en cuando y no estaba tan fuerte como antes, pero casi había llegado al punto de poder disfrutar de los olores, sonidos y paisajes que les rodeaban. Le asombraba lo poco que necesitaba dormir Katinka van Bak. Realizaban la mitad del trayecto por las noches, hasta que la mujer permitía que acamparan. Como resultado, llevaban un buen ritmo, pero Hawkmoon padecía un cansancio permanente.


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