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Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.103

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Lo que le había impulsado a mejorar su estado no era desagrado hacia su baja forma, sino la insensata creencia de que encontraría viva a Yisselda en las Montañas Búlgaras.

Montó en el caballo con algunas dificultades. Se despidió de los senescales, olvidando que el conde Brass había dejado la responsabilidad de la provincia en sus manos, y siguió a Katinka van Bak a través de las puertas y por las calles desiertas de Aigues-Mortes. No había nadie en las calles. Sólo los criados del castillo sabían que se marchaba del castillo de Brass en dirección este, cuando el conde Brass se había encaminado hacia el oeste.

A mediodía, habían dejado atrás los cañaverales, los pantanos y las lagunas, y seguían una blanca carretera que pasaba frente a una de las grandes torres de piedra blanca que señalaban los límites del país cuyo señor protector era el conde Brass.

Cansado de cabalgar, incluso un trayecto tan corto, Hawkmoon empezaba a arrepentirse de su decisión. Le dolían los brazos de agarrarse a la perilla de la silla, tenía agujetas en los muslos y las piernas completamente entumecidas. Por su parte, Katinka van Bak parecía inagotable. Solía detenerse para que Hawkmoon la alcanzara, pero era sorda a sus súplicas de descansar un rato. Hawkmoon se preguntó si aguantaría el viaje, si moriría antes de llegar a las Montañas Búlgaras. A veces, se preguntaba cómo había llegado a simpatizar con esta despiadada mujer.

Un guardián que les vio desde lo alto de una torre les dio el alto. Junto a él se erguía el flamenco que le servía de montura, y su capa escarlata se agitaba al compás de la brisa. Por un momento, Hawkmoon creyó que hombre y animal eran un sólo ser. El guardián alzó su larga lanza flamígera a guisa de saludo cuando reconoció a Hawkmoon. Este logró mover apenas la mano, pero fue incapaz de responder al grito del centinela.

Después, la torre disminuyó en la distancia, cuando se desviaron hacia la Lyonesse. Desde la carretera divisaron las Montañas Suizas, que se creían emponzoñadas aún por las secuelas del Milenio Trágico, y que además eran infranqueables. Por suerte, Katinka van Bak y Hawkmoon tenían conocidos en la Lyonesse, que les proporcionarían provisiones para el resto del viaje.

Aquella noche acamparon en la carretera y, al amanecer, Hawkmoon se convenció de que su muerte era inminente. El dolor del día anterior no era nada comparado con la agonía que experimentaba ahora. Sin embargo, Katinka van Bak continuó sin demostrar piedad, y le exhortó a montar sobre su paciente caballo antes de hacerlo ella. Luego, cogió la brida del corcel y arrastró a bestia y jinete.


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