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Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.102

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-Os ofrezco la oportunidad de llevar a cabo esa venganza. Bastará con que me guiéis hacia esas montañas, encontréis un lugar relativamente seguro, y después podéis marcharos, si tal es vuestro deseo.

-¿Vuestros motivos son altruistas, duque Dorian?

Hawkmoon titubeó.

-Quizá no del todo -admitió-. Deseo probar mi teoría de que Yisselda aún vive, y que puedo salvarla.

-En ese caso, creo que os guiaré a las Montarlas Búlgaras. Desconfío de un hombre que se ofrece para algo desinteresadamente. Con todo, creo que puedo confiar en vos.

-Estáis en lo cierto.

-El único problema que se me ocurre es si sobreviviréis al viaje. Vuestro estado es de lo más lamentable. -Extendió una mano y tocó sus ropas, como una campesina que comprara gansos en el mercado-. Para empezar, tenéis que engordar un poco. Dejaremos pasar una semana. Alimentad un poco vuestro estómago. Ejercicio. Equitación. Nos batiremos en duelo un par de veces, para entrenaros...

Hawkmoon sonrió.

-Me alegro de que no abriguéis rencor hacia mí, mi señora, de lo contrario me lo pensaría dos veces antes de aceptar a pies juntillas vuestra última sugerencia.

Katinka van Bak echó la cabeza hacia atrás y lanzó una carcajada.


5. Una búsqueda penosa

Hawkmoon tenía todos los miembros doloridos. Su aspecto era lamentable cuando salió, casi tambaleante, al patio, donde Katinka van Bak ya le esperaba, montada en un corcel retozón cuyo cálido aliento se dibujaba en el transparente aire matinal. La montura de Hawkmoon era un animal menos nervioso, famoso por su paciencia y aguante, aunque Hawkmoon no se veía con ánimos de subir a la silla. Tenía el estómago revuelto, la cabeza le daba vueltas y sus piernas flaqueaban, pese a que había dedicado más de una semana al ejercicio y a seguir una buena dieta. Su apariencia había mejorado un poco, y estaba más limpio, aunque ya no era el héroe del Bastón Rúnico que había luchado contra Londra siete años atrás. Sintió escalofríos, porque el invierno se acercaba a la Kamarg. Se envolvió en su gruesa capa de piel. La capa estaba forrada de lana y casi daba calor al cerrarla. De tan pesada, estuvo a punto de caer al suelo mientras andaba. No llevaba armas encima pero la espada y la lanza flamígera colgaban de la silla. Además de la capa, vestía un grueso justillo a cuadros de color rojo oscuro, polainas de ante bordadas con complicados dibujos por Yisselda, cuando vivía y botas altas hasta la rodilla de excelente piel reluciente. Sobre la cabeza, un yelmo. No llevaba armadura. Aún no estaba lo bastante fuerte para permitírselo.

No había recobrado la salud por completo, ni física ni mental.


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