Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.101
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-Que estaba loco, queréis decir. Bien, señora, creo que estoy loco. Quizá en los últimos tiempos me he permitido locas fantasías, pero sólo porque la idea fundamental contiene un germen de verdad.
-Acepto lo que decís, pero necesitaría pruebas tangibles de esa teoría. Mi instinto niega que los muertos vivan...
-Creo que el conde Brass abona esa teoría, aunque no lo admita. Creo que se niega a aceptarla por temor a volverse tan loco como la gente piensa que estoy.
-Es posible, pero tampoco poseo pruebas de que el conde Brass piense como decís. Tendría que hablar de nuevo con él para confirmar vuestras palabras
Hawkmoon cabeceó. Reflexionó unos momentos.
-Suponed que poseo medios de vencer a este ejército -prosiguió- ¿Qué diríais? En el caso de que mis teorías apunten a la verdad relativa al ejercito y sus orígenes, y a su vez me conduzcan al conocimiento de sus puntos débiles.
-En ese caso, vuestras teorías podrían ser llevadas a la práctica pero, por desgracia, sólo hay una forma de probarlas, lo cual implica perder la vida si son erróneas. ¿no?
-No me importa correr el riesgo. Cuando luché contra el Imperio Oscuro comprendí enseguida que era imposible derrotarlo en un enfrentamiento directo, pero si se buscaban los puntos débiles de sus dirigentes y se utilizaban debidamente, podían ser derrotados. Eso es lo que aprendí al servicio del Bastón Rúnico.
-¿Insinuáis que sabéis como derrotar a esa chusma?
Katinka van Bak estaba casi convencida.
-Desconozco los puntos débiles en concreto, como es natural, pero soy la persona más indicada del mundo para descubrirlos.
-¡Estoy segura! -exclamó la mujer, sonriente-. Os apoyo, pero creo que es demasiado tarde para buscar puntos débiles.
-Si pudiera observarles, si pudiera encontrar un escondite, tal vez en las propias montañas, para vigilarles, quizá se me ocurriría alguna manera de derrotarles.
Hawkmoon pensaba en otra cosa que lograría observando al ejérci-
to, pero calló.
-Vos os escondisteis durante mucho tiempo en esas montañas, Katinka van Bak. Vos, mejor que nadie, excepto Oladahn, podríais encontrar una madriguera desde la que pudiera vigilar a esas langostas.
-Podría, pero acabo de huir de aquellos parajes. Como ya os he dicho, mi joven amigo, no tengo el menor deseo de perder la vida. ¿Por qué he de conduciros a las Montañas Búlgaras, la fortaleza de nuestros enemigos?
-¿Acaso no albergáis siquiera una leve esperanza de vengar a vuestra Ukrainia? ¿No habéis acariciado la idea, al menos en secreto, de conseguir la ayuda del conde Brass y sus súbditos para luchar contra vuestros adversarios?
Katinka van Bak sonrió.
-Bien, sabía que la esperanza era vana, pero.
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