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Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.97

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«"¡Muy bien!"

«Sonrió, se encogió de hombros y aceptó la espada que le tendió uno de los guardias. Salió al centro de la sala y se puso en guardia.

«"Empecemos."

«Me di cuenta de que su intención era prolongar el duelo. Lancé torpes estocadas y él las paró como si tal cosa. Los invitados me jalearon y algunos empezaron a cruzar apuestas sobre cuánto duraría el duelo.... aunque nadie apostó a mi favor, por supuesto.

Katinka van Bak se sirvió una copa de zumo de manzana y lo bebió antes de continuar su relato.

-Como ya habréis adivinado, duque Dorian, me había convertido en una espadachina bastante hábil. Empecé a revelar mi talento poco a poco, y el príncipe Lobkowitz comprendió por fin que necesitaba dar lo mejor de sí para defenderse, que tal vez combatía contra un rival que estaba a su altura. La idea de ser derrotado por un esclavo, y encima de sexo femenino, le disgustaba. Empezó a luchar en serio. Me hirió dos veces, una en el hombro izquierdo y la otra en el muslo, pero yo no me rendí. Ahora recuerdo que se hizo un silencio absoluto en el salón, sólo roto por el entrechocar de nuestras espadas y la agitada respiración del príncipe. Nos batimos durante una hora. De haber podido, el príncipe me habría matado.

-Recuerdo que oí algo cuando gobernaba Colonia -dijo Hawkmoon-. ¿De modo que vos sois la mujer que...?

-¿Que mató al príncipe de Berlín? Sí, le maté en su propio salón, ante sus invitados, en presencia de sus guardaespaldas. Le atravesé el corazón de una sola estocada. Era el primer hombre que mataba. Y antes de que pudieran creer lo que habían visto, levanté mi espada y les recordé el trato que había hecho con el príncipe: que si ganaba el duelo obtendría mi libertad. Dudo que los fieles al príncipe hubieran respetado el trato. Me habrían matado en el acto de no ser por los amigos de Lobkowitz y aquellos que ambicionaban sus territorios. Varios de ellos se congregaron a mi alrededor y me ofrecieron cargos en sus dominios, más por la novedad que por mi habilidad con la espada. Acepté un puesto en la guardia de Guy O´Pointte, archiduque de Baviera. Sin dudarlo un instante. La guardia del archiduque era la más numerosa, pues era el noble más poderoso de los allí reunidos. A continuación, los hombres del príncipe decidieron respetar el trato.

-¿Y así os convertisteis en soldado?

-Sí. De hecho, llegué a ser general en jefe de Guy O´Pointte. Cuando el archiduque fue asesinado por la familia de su tío, abandoné Baviera y fui en busca de una nueva posición.


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