Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.96
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A mí me pareció bien. Agité las pestañas, sonreí con timidez y fingí que tan gran honor me complacía; fingí no darme cuenta de que todos se reían de mí.
Hawkmoon intentó imaginarse a Katinka van Bak pestañeando y haciéndose la ingenua, pero su imaginación fue incapaz de concretar el esfuerzo.
-¿Qué pasó?
Sentía verdadera curiosidad. Por primera vez en meses, algo le distraía de sus problemas. Apoyó la barbilla sin afeitar sobre una mano mugrienta, mientras Katinka van Bak continuaba.
-Bien, aquella noche fui presentada a los complacidos invitados, que me vieron combatir con varios guerreros del príncipe Lobkowitz. Comieron mucho mientras miraban, pero aún bebieron más. Varios de los invitados, tanto hombres como mujeres, quisieron comprarme por grandes sumas, lo cual, por supuesto, aumentó el orgullo de amo del príncipe Lobkowitz. Naturalmente, se negó a vender. Recuerdo que me dijo:
«"Y bien, pequeña Katinka, ¿dominas otras artes marciales? ¿Qué nos vas a enseñar ahora?"
«Juzgué que había llegado el momento oportuno. Hice una educada reverencia y, con ingenua audacia, dije:
«"Me han dicho que sois un gran espadachín, alteza. El mejor de la provincia de Berlín."
«"Eso dicen", replicó Lobkowitz.
«"¿Me concederíais el honor de medir vuestra espada con la mía, mi señor, para que pueda probar mi habilidad contra la mano más diestra de la sala?"
«El príncipe Lobkowitz se quedó sorprendido, pero después lanzó una carcajada. Como bien sabía yo, no podía negarse delante de sus invitados. Decidió aceptar, pero dijo con gravedad:
«"En Berlín existen diferentes objetivos para diferentes formas de duelo. Nos batimos por un primer rasguño en el cuerpo, por un primer rasguño en la mejilla izquierda, por un primer rasguño en la mejilla derecha, y así sucesivamente..., hasta batirnos a muerte. No me gustaría estropear tu belleza, pequeña Katinka."
«"Entonces batámonos a muerte, alteza", dije, como enardecida por la recepción recibida.
«Las carcajadas estremecieron el salón, pero vi más de un ojo ansioso que desviaba la mirada de mí al príncipe. Nadie dudaba de que el príncipe podía ganar cualquier duelo, por supuesto, pero tenían ganas de ver mi sangre derramada. Lobkowitz estaba perplejo, demasiado borracho para pensar con claridad, para comprender las implicaciones de mi sugerencia, pero tampoco deseaba quedar mal delante de sus invitados.
«"No mataré a una esclava dotada de tantos talentos. Creo que deberíamos pensar en otro objetivo, pequeña Katinka."
«"¿Mi libertad, por ejemplo?", insinué.
«No me gustaría perder a una muchacha tan brillante", empezó, pero la multitud empezó a gritar que adoptara una actitud más deportiva. Al fin y al cabo, todo el mundo sabía que jugaría conmigo un rato, antes de herirme con su espada o desarmarme.
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