Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.95
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Una figura ataviada con armadura estaba admirando un trofeo de guerra del conde Brass, una lanza y un escudo mellado que había ganado a Orson Kach durante las Guerras de las Ciudades del Rin, muchos años antes.
Hawkmoon no reconoció a la figura. Era de corta estatura, corpulenta, y poseía un cierto aire beligerante. Algún antiguo compañero de armas del conde, cuando era un general mercenario, sin duda alguna.
-Buenos días -saludó Hawkmoon-. Soy el actual guardián del castillo de Brass.
La figura se volvió. Unos fríos ojos grises examinaron a Hawkmoon de arriba abajo. Los ojos no expresaron el menor sobresalto, ni ninguna otra emoción, cuando la figura avanzó hacia él con la mano extendida.
De hecho, fue el rostro de Hawkmoon el que traicionó sorpresa, como mínimo.
Porque su visitante, pese a la armadura de batalla, era una mujer de edad madura.
-¿Duque Dorian? -dijo-. Soy Katinka van Bak. He viajado durante muchas noches.
4. Noticias llegadas desde más allá de las Montañas Búlgaras
-Nací en Hollandia, el país invadido por el mar-dijo Katinka van Bak-, aunque los padres de mi madre eran comerciantes de Muskovia. En las batallas libradas entre mi nación y los estados belgas, mi familia fue asesinada y yo quedé cautiva. Durante un tiempo serví, de la forma que ya podéis imaginar, en el séquito del príncipe Lobkowitz de Berlín. Había ayudado a los belgas en la guerra, y yo fui parte de su botín.
Hizo una pausa para coger otro pedazo de buey frío del plato que tenía delante de ella. Se había quitado la armadura y vestía una sencilla camisa de seda y pantalones azules de algodón. A pesar de que apoyaba los codos sobre la mesa y se expresaba en términos bruscos y francos, no carecía de femineidad. Hawkmoond no tardó en descubrir que le caía muy bien.
-Bien, pasé mucho tiempo en compañía de guerreros y me propuse aprender sus habilidades. Les divertía enseñarme a utilizar la espada y el arco, y fingí torpeza en su manejo hasta mucho después de dominar su uso. Gracias a esto logré no despertar sospechas acerca de mis planes.
-¿Pensabais escapar?
-Algo más que eso. -Katinka von Bak sonrió y se secó los labios-. Un día, el príncipe Lobkowitz se enteró de mis excentricidades. Recuerdo sus carcajadas cuando llegó al patio situado frente al dormitorio de las chicas. El soldado que me había adoptado como su protegida especial me dio una espada y nos batimos un rato, para demostrar al príncipe el arte encantador con el cual yo atacaba y paraba. Fue muy divertido y el príncipe Lobkowitz, que tenía invitados aquella noche, pensó en mí para entretenerles; sería una novedad, en lugar de los acostumbrados juglares.
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