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Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.94

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-¿Mi señor?

El criado, uno de los pocos que todavía se ocupaban de Hawkmoon era ya anciano. Había servido a Hawkmoon desde que el duque de Colonia había llegado al castillo de Brass. Con todo, se mostraba bastante nervioso.

-¿Qué me dices, Voisin?

Voisin extendió las manos.

-Algunos sí, mi señor. Otros dicen que estáis enfermo. Desde hace tiempo opino que deberíamos llamar a un médico...

Las viejas sospechas revivieron en Hawkmoon.

-¿Médicos? ¿Quieres decir envenenadores?

-¡Oh, no, mi señor!

Hawkmoon se controló.

-No, claro que no. Agradezco tu interés, Voisin. ¿Qué me traes?

-Nada, mi señor, excepto noticias.

-¿Del conde Brass? ¿Cómo le va en Londra?

-No son del conde Brass, sino de un visitante llegado al castillo de Brass. Un viejo amigo del conde, según tengo entendido, que, al conocer la ausencia del conde Brass, ha solicitado ser recibido por vos

-¿Por mí? -Hawkmoon dibujó una amarga sonrisa-. ¿Sabe el mundo exterior en qué me he convertido?

-Creo que no, mi señor.

-¿Qué has dicho?

-Que no os encontrábais muy bien, pero que os comunicaría el mensaje.

-¿Eso has hecho?

-Sí, mi señor. -Voisin titubeó-. ¿Debo decirle que estáis indispuesto...? Hawkmoon estuvo a punto de asentir, pero cambió de opinión. Se levantó de la cama.

-No. Le recibiré. En el salón. Bajaré dentro de un rato.

-¿Deseáis... adecentaros, mi señor? ¿Agua caliente..., artículos de baño?

-No. Iré a reunirme con nuestro invitado dentro de escasos minutos.

-Iré a comunicarle vuestra decisión.

Voisin se apresuró a abandonar los aposentos de Hawkmoon, claramente disgustado por su decisión.

Hawkmoon, deliberada y maliciosamente, no hizo el menor intento por mejorar su apariencia. Que su visitante le viera como era.

Además, estaba muy loco. Hasta esto podía ser una de sus fantasías. Podía estar en cualquier sitio (en la cama, junto a sus tableros, incluso cabalgando por los pantanos), convencido de que estos acontecimientos ocurrían en realidad. Cuando dejó su dormitorio y cruzó la habitación en que había dispuesto sus mesas, barrió filas de soldados con sus mangas sucias, derribó edificios y propinó un puntapié a una pata; la ciudad de Colonia fue asolada por un terremoto.

Parpadeó cuando desembocó en el rellano, iluminado por enormes vidrieras a ambos lados. La luz dañó sus ojos.

Caminó hacia la escalera, que descendía hacia el gran salón. Se agarró a una barandilla, mareado. Su incapacidad le divirtió. Deseaba dar un buen susto a su visitante.

Un criado se apresuró a auxiliarle, y se apoyó con fuerza en el brazo del hombre mientras bajaban.

Y llegó por fin al salón.


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