Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.93
Indice General
|
Volver
Página 93 de 244
El rostro sonrió y dio la impresión de que se disponía a hablar.
Y entonces, desapareció.
Hawkmoon se cubrió la cabeza con las sucias sábanas de seda y permaneció inmóvil, tembloroso. Pensó que iba a enloquecer otra vez, que tal vez el conde Brass tenía razón, y que sufría alucinaciones desde hacia cinco años.
Más tarde, Hawkmoon se levantó y destapó su espejo. Cinco semanas antes había echado una túnica sobre el espejo, porque no tenía ganas de verse.
Contempló a la miseria humana que le miraba desde el sucio espejo.
-Veo a un loco -murmuró Hawkmoon-. A un loco agonizante.
El reflejó imitó el movimiento de sus labios. Los ojos expresaban terror. Sobre ellos, en el centro de la cabeza, se veía una pálida cicatriz, perfectamente circular, donde en otro tiempo había ardido una joya negra, una joya capaz de devorar el cerebro de un hombre.
-Hay otras cosas capaces de devorar el cerebro de un hombre -murmuró el duque de Colonia-. Cosas más sutiles que las joyas. Cosas peores que las joyas. Con qué astucia tratan de vengarse de mí, después de muertos, los señores del Imperio Oscuro. Al asesinar a Yisselda, me van matando poco a poco.
Cubrió de nuevo el espejo y suspiró apenas. Regresó a la cama y se sentó, sin atreverse a mirar al techo, donde había visto al hombre que tanto se parecía a Oladahn.
Asumió su decadencia, su muerte, su locura. Se estremeció, casi sin fuerzas.
-Era un soldado -se dijo-. Me volví loco. Me engañé. Pensé que era capaz de alcanzar los logros de los científicos, brujos y filósofos. Y nunca fui capaz. Era un hombre sensato y razonable y me he convertido en este desecho humano. Escucha. Escucha, Dorian Hawkmoon. Estás hablando contigo mismo. Mascullas. Rabias. Gimes. Dorian Hawkmoon, duque de Colonia, ya no puedes redimirte. Te estás pudriendo.
Una leve sonrisa cruzó sus labios agrietados.
-Tu destino era combatir, empuñar una espada, celebrar los rituales de la guerra. Ahora, los tableros se han convertido en tus campos de batalla y careces de la energía necesaria para empuñar una daga, no digamos ya una espada. No podrías montar a caballo, aunque quisieras.
Se dejó caer sobre su mugrienta almohada. Se cubrió la cara con los brazos.
-Que entren los monstruos -dijo-. Que me atormenten. Es verdad estoy loco.
Se sobresaltó, convencido de que había escuchado un gruñido junto a su oído. Se obligó a mirar.
Era la puerta, que había crujido. Un criado la había abierto.
El criado aguardaba nervioso en el umbral.
-¿Mi señor?
-¿La gente dice que estoy loco, Voisin?
< Anterior
|
Siguiente >
<<<
51
52
53
54
55
56
57
58
59
60
61
62
63
64
65
66
67
68
69
70
71
72
73
74
75
76
77
78
79
80
81
82
83
84
85
86
87
88
89
90
91
92
93
94
95
96
97
98
99
100
>>>
Páginas
1-50
51-100
101-150
151-200
201-244
|