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Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.92

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¿Había tenido conocimiento de ellas antes, en otros sueños, en conversaciones? ¿Con Bowgentle, en Dnak, la lejana ciudad del Bastón Rúnico?

Empezó a sentirse amenazado. Empezó a saber qué era el terror. Incluso descuidó sus maquetas. Empezó a ver sombras escurridizas por el rabillo del ojo.

¿Cuál era la causa de sus temores?

Pensó que faltaba poco para comprender la verdad relativa a Yisselda y que ciertas fuerzas se lo impedían; fuerzas que le matarían cuando estuviera a punto de reunirse con su amada.

La única posibilidad que Hawkmoon desechaba, la única respuesta que no acudía a su mente, era que tenía miedo de sí mismo, miedo de enfrentarse con una desagradable verdad. Lo que estaba amenazado era la mentira, la mentira protectora y, como casi todos los hombres, luchaba por preservar esa mentira, por rechazar a sus atacantes.

Fue por entonces cuando empezó a sospechar que los criados se habían confabulado con sus enemigos. Estaba seguro de que pretendían envenenarle. Adoptó la costumbre de cerrar con llave la puerta y negarse a abrirla cuando los criados iban a realizar alguna función indispensable. Comía lo justo para mantenerse con vida. Recogía agua de lluvia gracias a las copas que disponía sobre los antepechos de las ventanas, y sólo bebía ese agua. Con todo, la fatiga derrotaba a su cuerpo debilitado y breves sueños asediaban al hombre que moraba en las tinieblas. Sueños que, en sí, no eran desagradables: hermosos paisajes, ciudades extrañas, batallas en las que Hawkmoon nunca había participado, personajes peculiares a los que Hawkmoon nunca había conocido, ni siquiera en el curso de sus aventuras más extravagantes, al servicio del Bastón Rúnico. Aún así, le aterrorizaban. Aparecían mujeres en aquellos sueños, y algunas tal vez eran Yisselda, pero no le proporcionaba placer soñar con aquellas mujeres, sino una profunda inquietud. En cierta ocasión, soñó que se miraba en un espejo y veía a una mujer reflejada.

Una mañana despertó y, en lugar de levantarse para ir directamente a sus tableros, como acostumbraba, se quedó tendido contemplando las vigas de su habitación. A la débil luz que se filtraba por los tapices que cubrían las ventanas, vio con toda claridad la cabeza y los hombros de un individuo que se parecía muchísimo a Oladahn. El parecido se debía en especial a la forma en que ladeaba la cabeza, a la expresión y a los ojos. Cubría su largo cabello negro con un sombrero de ala ancha y llevaba un gatito blanco y negro acomodado sobre el hombro. Hawkmoon observó sin la menor sorpresa que el gato poseía un par de alas, dobladas sobre el lomo.

-¿Oladahn? dijo Hawkmoon, aun a sabiendas de que no era Oladahn.


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