Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.91
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¿Le estaban manipulando de nuevo? ¿Por eso se volcaba en sus maquetas, se hacía la ilusión de que controlaba algo, cuando en realidad le controlaban a él?
Apartó esos pensamientos de su mente. Debía concentrarse en sus especulaciones originales.
Y así evitaba enfrentarse a la verdad.
Al fingir que buscaba la verdad, al fingir que estaba empeñado en esa búsqueda, escapaba de ella. Porque la verdad tal vez le habría resultado intolerable.
Una costumbre inveterada de la humanidad...
3. Una dama con armadura
Transcurrió un mes.
Hawkmoon desarrolló veinte alternativas diferentes en sus tableros. Y no avanzó ni un paso hacia Yisselda, ni siquiera en sueños.
Sin afeitar, los ojos inyectados en sangre, cubierto de granos, la piel plagada de eccemas, esquelético por falta de comida, fofo por falta de ejercicio, Dorian Hawkmoon ya no tenía nada del héroe que quedaba en él, ni en la mente, el carácter o el cuerpo. Aparentaba treinta años más. Sus ropas, sucias, rotas, malolientes, eran las de un vagabundo. Su cabello sucio colgaba en mechas grasientas alrededor de su rostro. Su barba retenía fragmentos de sustancias desagradables. Había adoptado la costumbre de resollar, de murmurar para sí, de toser. Los criados le evitaban siempre que podían. Como no tenía motivos para solicitar su presencia, tampoco notaba su ausencia.
El hombre que había sido el héroe de Colonia, el Campeón del Bastón Rúnico, el gran guerrero que había conducido a los oprimidos a la victoria sobre el Imperio Oscuro, había cambiado tanto que resultaba imposible reconocerle.
Y la vida se le estaba escapando, aunque no se daba cuenta.
En su obsesión por los destinos alternativos casi había fijado el suyo: se estaba destruyendo.
Y sus sueños también cambiaban. Y por eso dormía menos que antes. En sus sueños tenía cuatro nombres. Uno de ellos era John Daker, pero intuía los otros con mucha mayor frecuencia: Erekose y Urlik. Sólo el cuarto nombre se le escapaba, aunque sabía de su existencia. Cuando despertaba, jamás recordaba el cuarto nombre. Empezó a preguntarse sobre la realidad de la reencarnación. ¿Acaso recordaba vidas anteriores? Tal era su conclusión instintiva. Sin embargo, su sentido común no aceptaba la idea.
En sus sueños se encontraba a veces con Yisselda. En sus sueños siempre estaba nervioso, siempre se sentía agobiado por una abrumadora responsabilidad, por una enorme culpa. Siempre creía que su deber era llevar a cabo alguna acción, pero nunca podía recordar cuál era. ¿Había vivido otras vidas, tan trágicas como ésta? Pensar en una tragedia le destrozaba. Desechaba tal pensamiento, incluso antes de que se formara.
Pese a todo, esas ideas le resultaban algo familiares.
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