Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.90
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Creía conocerse bastante bien, que si alguna vez enloquecía no sería de la forma que sus amigos habían descrito.
El conde Brass y su séquito saludaron a los sirvientes del castillo mientras atravesaban las puertas, camino de Londra.
Al contrario de lo que el conde Brass sospechaba, Dorian Hawkmoon tenía en gran estima a su viejo amigo. Le supo mal presenciar la partida del conde Brass. El problema de Hawkmoon consistía en que ya no sabía expresar sus sentimientos. Estaba demasiado convencido de lo que hacía, demasiado absorto en los problemas que intentaba solucionar mediante la obsesiva manipulación de las figuras en miniatura.
Hawkmoon siguió con la vista al conde Brass y a sus acompañantes, mientras progresaban por las calles tortuosas de Aigues-Mortes. Los ciudadanos se habían lanzado a las calles para despedir al conde. Por fin, el grupo llegó a las murallas y se alejó por la amplia carretera que corría entre los pantanos. Hawkmoon continuó mirando hasta que se perdieron de vista, después, devolvió la atención a sus modelos.
En ese momento estaba ensayando una situación en que la Joya Negra no estaba engastada en su frente, sino en la de Oladahn de las Montañas Búlgaras, y en que no podía contarse con la Legión del Amanecer. En ese caso, ¿habría sidq derrotado el Imperio Oscuro? Y si podía ser derrotado, ¿cómo? Había llegado al mismo punto en que había desembocado cientos de vecest Sin embargo, esta vez se sorprendió al comprobar que corría peligro de muerte. ¿Habría salvado la vida de Yisselda esta diferencia?
Si esperaba, mediante estas permutaciones de acontecimientos pasados, encontrar el medio de liberar la verdad que creía oculta en su mente, fracasó de nuevo. Completó la nueva táctica, tomó nota de las posibilidades que implicaba y pensó en el siguiente movimiento. Le habría gustado que Bowgentle no muriera en Londra. Bowgentle era muy sabio y le habría prestado una gran ayuda.
También los mensajeros del Bastón Rúnico (El Caballero Negro y Amarillo, Orland Fank, incluso el misterioso Jehamia Cohnalias, que nunca había afirmado ser humano) habrían podido ayudarle. Solicitaba su auxilio en la oscuridad de las noches, pero no habían acudido. El Bastón Rúnico estaba a salvo y ya no necesitaban la ayuda de Hawkmoon. Se sentía abandonado, aunque sabía que no le debían nada.
De todos modos, ¿era posible que el Bastón Rúnico estuviera mezclado en lo que le había ocurrido, en lo que le estaba ocurriendo ahora? ¿Corría algún nuevo peligro aquel extraño artefacto? ¿Había desencadenado una serie de nuevos acontecimientos, una nueva pauta del destino? Hawkmoon presentía que la situación era más compleja de lo que sugerían los datos objetivos. Había sido manipulado por el Bastón Rúnico y sus sirvientes de la misma forma que él manipulaba ahora sus soldados de juguete.
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