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Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.89

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Se encaminó a la puerta y salió sin decir nada.

Y oyó que Hawkmoon gritaba, con voz histérica y aguda:

-¡La encontraré, conde Brass!

Al día siguiente, Hawkmoon apartó el tapiz para mirar por la ventana al patio. El conde Brass se marchaba. Su séquito ya había montado en excelentes caballos, enjaezados con los colores rojos del conde. Cintas y gallardetes ondeaban en las lanzas flamígeras enfundadas, la brisa agitaba los sobrevestes, las armaduras brillaban al sol de la mañana. Los caballos piafaban y relinchaban. Los sirvientes se afanaban en llevar a cabo los últimos preparativos y tendían bebidas calientes a los jinetes. De pronto, el conde Brass salió y montó en su caballo castaño. Su armadura brilló como si estuviera hecha de llamas. El conde levantó la vista hacia la ventana, con expresión pensativa. Después, su expresión cambió, se volvió y dio una orden a uno de sus hombres. Hawkmoon continuó contemplando la escena.

Porque experimentaba la sensación de observar modelos particularmente detallados; modelos que se movían y hablaban, pero modelos a fin de cuentas. Tenía la impresión de que, si extendía el brazo, podría mover un jinete al otro lado del patio, o coger al conde Brass y enviarle en dirección contraria a Londra. Experimentaba cierto vago resentimiento que no podía comprender hacia su viejo amigo. A veces, se le ocurría en sus sueños que el conde Brass había comprado su vida a cambio de la de su hija. Sin embargo, era imposible. El conde Brass jamás habría hecho algo semejante. Al contrario, el valiente guerrero habría dado su vida por ella sin pensarlo ni un segundo. Aún así, Hawkmoon no podía apartar esa idea de su mente.

Sintió una punzada de arrepentimiento, y se preguntó si tendría que haber aceptado la propuesta del conde. Vio que el capitán Vedla se adelantaba y ordenaba levantar el rastrillo de la entrada. El conde Brass había dejado a Hawkmoon a cargo del castillo, pero tanto los senescales como los veteranos guardias de la Kamarg podían encargarse perfectamente de todo, sin necesidad de esperar la decisión de Hawkmoon.

Pero no, pensó Hawkmoon. No era momento de actuar, sino de pensar. Estaba decidido a abrirse paso como fuera hacia aquellas ideas que bullían en el fondo de su mente. Aunque sus viejos amigos desdeñaran sus «soldaditos de juguete», sabía que disponiendo los modelos de mil maneras diferentes podía liberar, en un momento dado, aquellos pensamientos, aquellos conceptos esquivos que le guiarían hacia la verdad. Y cuando comprendiera la verdad, estaba seguro de que encontraría a Yisselda viva. También estaba casi seguro de que encontraría a sus hijos. Durante cinco años le habían considerado un loco, pero estaba convencido de que no era así.


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