Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.88
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-Debe ser muy bella, pero en este momento prefiero recordar Londra como era cuando Yisselda murió allí.
Su voz adquirió un tono cortante y perentorio.
El conde Brass se preguntó si Hawkmoon le estaba acusando de confraternizar con el pueblo que había asesinado a Yisselda. Hizo caso omiso de esa posibilidad.
-¿Y no os atrae la perspectiva del viaje? La última vez que visteis el mundo exterior estaba devastado. Ahora, ha vuelto a florecer.
-Tengo que hacer cosas importantes aquí.
-¿Qué cosas? -El conde Brass habló casi en tono seco-. Hace meses que no abandonáis vuestros aposentos.
-Hay una explicación para todo esto. Existe una forma de encontrar a Yisselda.
El conde Brass se estremeció.
-Está muerta-dijo en voz baja.
-Está viva-murmuró Hawkmoon-. Está viva. En algún lugar. En otra parte.
-Vos y yo coincidimos hace tiempo en que no existe vida después de la muerte -recordó el conde Brass a su amigo-. Además, resucitaríais a un fantasma. ¿Os complacería recuperar la sombra de Yisselda?
-Si fuera lo único posible de resucitar, sí.
-Amáis a una muerta -dijo el conde Brass en voz baja y estremecida-, y eso quiere decir que estáis enamorado de la muerte.
-¿Qué se puede amar de la vida?
-Mucho. Lo descubriríais de nuevo si me acompañarais a Londra.
-No me apetece ir a Londra. Odio esa ciudad.
-Acompañadme durante una parte del viaje.
-No. He vuelto a soñar, y en mis sueños me acerco a Yisselda... y a nuestros dos hijos.
-Nunca tuvisteis hijos. Vos los inventasteis. Vuestra locura los inventó.
-No. Anoche soñé que tenía otro nombre, pero seguía siendo el mismo hombre. Un nombre extraño, arcaico. Un nombre anterior al Milenio Trágico. John Daker. Ése era el nombre. Y John Daker encontraba a Yisselda.
Los demenciales cuchicheos de su amigo estuvieron a punto de arrancar lágrimas al conde Brass.
-Estos razonamientos, este sueño, sólo os causará mucho más dolor, Dorian. Intensificará la tragedia, en lugar de apaciguarla. Digo la verdad, creedme.
-Sé que vuestras intenciones son buenas, conde Brass. Respeto vuestro punto de vista y entiendo que creéis prestarme una ayuda, pero os pido que aceptéis lo contrario. Debo continuar por este camino. Sé que me conducirá al lado de Yisselda.
-Sí -dijo el conde Brass, entristecido . Estoy de acuerdo. Os conducirá a la muerte.
-Si tal es el caso, la perspectiva no me alarma.
Hawkmoon se volvió y miró al conde Brass. Este sintió un escalofrío cuando vio el rostro pálido y demacrado, los ojos hundidos que ardían como brasas.
-Ay, Hawkmoon-gimió-. Ay, Hawkmoon.
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