Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.84
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¿De qué sirve? Están muertos. Todo ha terminado. ¿Van a traerles de vuelta vuestras especulaciones? Sois como un místico, un mago; pensáis que el facsímil puede controlar aquello que imita. Os torturáis. ¿Cómo vais a cambiar el pasado? Olvidadlo. Olvidadlo, duque Dorian.
Pero el duque de Colonia se humedecía los labios como si el conde Brass le hubiera ofendido con sus comentarios, y devolvía la atención a sus juguetes. El conde Brass suspiraba, falto de argumentos, y salía de la habitación.
El abatimiento de Hawkmoon contaminaba la atmósfera del castillo y había quien opinaba que, pese a ser un héroe de Londra, el duque debía regresar a Alemania, a sus propias tierras, que no había visitado desde que los señores del Imperio Oscuro le capturaron en la batalla de Colonia. Allí gobernaba ahora un pariente lejano, autodenominado Primer Ciudadano. Presidía una especie de gobierno electo que sustituía a la monarquía, cuyo último descendiente directo con vida era Hawkmoon. Nunca se le había ocurrido a Hawkmoon que su hogar fuera otro que sus aposentos del castillo de Brass.
Incluso el conde Brass pensaba a veces, para sí, que habría sido mejor para Hawkmoon perecer en la batalla de Londra. Morir al mismo tiempo que Yisselda.
Y así transcurrían tristemente los meses, preñados de dolor y especulaciones estériles, mientras la mente de Hawkmoon se cerraba con más firmeza en torno a su única obsesión, hasta que apenas se acordaba de comer o dormir.
El conde Brass y su antiguo compañero, el capitán Josef Velda, discutían el problema, pero no llegaban a ninguna solución.
Se sentaban durante horas en cómodas butacas, a cada lado de la inmensa chimenea que presidía el gran salón del castillo, bebían vino de la tierra y comentaban la melancolía de Hawkmoon. Los dos eran soldados y el conde Brass había sido estadista, pero ninguno poseía el vocabulario suficiente para tratar temas como las enfermedades del alma.
-Tendría que hacer más ejercicio -dijo el capitán Vedla una noche-. «Mens sana in corpore sano». Todo el mundo lo sabe.
-Sí, si la mente está sana, pero ¿cómo convencer a una mente enferma de los beneficios que proporciona el ejercicio? Cuanto más tiempo pasa en sus aposentos, jugando con esas dichosas piezas, peor se pone. Y cuanto peor está, más cuesta abordarle desde la racionalidad. Las estaciones carecen de significado para él. La noche no se diferencia del día. ¡Tiemblo al pensar en lo que pasará por su cabeza!
El capitán Vedla asintió.
-Antes no era muy proclive a la introspección. Era un hombre. Un soldado. Inteligente, pero tampoco demasiado inteligente. Era práctico.
A veces, pienso que ahora es un hombre completamente diferente.
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