Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.83
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Al menos, se mantuvo fiel a sus fantasías.
-Cuando estaba loco, era más feliz.
Hawkmoon se habría mostrado de acuerdo con tales teorías, de haberlas sabido.
Cuando no estaba en la torre, ocupaba la habitación en que había dispuesto sus Mesas de Guerra, bancos altos sobre los cuales descansaban maquetas de ciudades y castillos habitados por miles de soldados de juguete. Impulsado por su locura, había encargado tan ingente obra a Vaiyonn, el artesano local, para celebrar sus victorias sobre los señores de Granbretán. Y encarnados en metal pintado estaban el propio duque de Colonia, el conde Brass, Yisselda, Bowgentle, Huillam D´Averc y Oladahn de las Montañas Búlgaras, los héroes de la Kamarg, la mayoría de los cuales habían perecido en Londra. Y también tenía modelos de sus antiguos enemigos, los Señores de las Bestias: el barón Meliadus con su yelmo de lobo, el rey Huon en su globo-trono, Shenegar Trott, Adaz Promp, Asrovak Mikosevaar y su esposa Flana (actual reina de Granbretán). Infantería, caballería y fuerzas aéreas del Imperio Oscuro alineadas contra los Guardianes de la Kamarg, los Guerreros del Amanecer y los soldados de cien pequeñas naciones.
Dorian Hawkmoon movía estas piezas en sus inmensos tableros, realizando una permutación tras otra, mil versiones diferentes de una misma batalla, con el fin de averiguar en qué habría cambiado la siguiente batalla. Sus enormes dedos solían apoyarse sobre las reproducciones de sus amigos muertos, y sobre todo de Yisselda. ¿Cómo podría haberse salvado? ¿Qué cúmulo de circunstancias habrían garantizado su supervivencia?
A veces, el conde Brass entraba en la habitación con semblante preocupado. Se pasaba los dedos por su cabello rojo, que ya empezaba a encanecer, mientras contemplaba a Hawkmoon, absorto en su mundo en miniatura, que adelantaba un escuadrón de caballería allí y replegaba una línea de infantería allá. En tales ocasiones, o bien Hawkmoon no advertía la presencia del conde Brass, o prefería no hacerle caso, hasta que el conde Brass carraspeaba o demostraba de alguna manera que había entrado. Entonces, Hawkmoon levantaba sus ojos, inexpresivos, hoscos, aturdidos, y el conde Brass le preguntaba en tono bondadoso cómo se encontraba.
Hawkmoon contestaba que estaba bien.
El conde Brass asentía y le expresaba su satisfacción.
Hawkmoon esperaba impaciente, ansioso de reanudar sus maniobras en los tableros, en tanto el conde Brass paseaba la vista por la habitación, inspeccionaba una línea de batalla o fingía admirar la manera en que Hawkmoon había empleado una táctica concreta.
Después, el conde Brass decía:
-Esta manana iré a inspeccionar las torres. El día es magnífico. ¿Queréis acompañarme, Dorian?
Dorian Hawkmoon sacudía la cabeza.
-Tengo cosas que hacer.
-¿Esto? -El conde Brass indicaba los caballetes con un ademán-.
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