Crónicas del castillo de Brass (Michael Moorcock) - pág.82
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¿Por qué se preguntaba si existía un lugar (tal vez en otra Tierra) donde los muertos continuaban con vida? ¿Demostraba tamaña obsesión que aún quedaban restos de locura en su mente?
Entonces, suspiraba y componía su expresión para que nadie que le viera supiera el dolor que le afligía. Subía a su caballo y, mientras anochecía, cabalgaba de vuelta hacia el castillo de Brass, donde su viejo amigo le esperaba.
Donde el conde Brass le esperaba.
Así concluye la primera Crónica del castillo de Brass.
EL CAMPEÓN DE GARATHORM
Libro primero
Despedidas
1. Teorías y posibilidades
Dorian Hawkmoon ya no estaba loco, pero tampoco había recobrado la salud. Algunos decían que su cordura se había resquebrajado cuando le quitaron la Joya Negra de la frente. Otros afirmaban que la guerra contra el Imperio Oscuro le había despojado de las energías necesarias para toda una vida, y que ya no le quedaba ninguna. También había quienes se decantaban por creer que Hawkmoon sufría por la ausencia de Yisselda, hija del conde Brass, que había muerto en la batalla de Londra. Durante los cinco años que duró su locura, Hawkmoon insistió en que continuaba con vida, que vivía con él en el castillo de Brass y le había dado un hijo y una hija.
Pero si las causas eran tema de controversia en las posadas y tabernas de Aigues-Mortes, la ciudad protegida bajo la sombra del castillo de Brass, todo el mundo coincidía en los efectos.
Hawkmoon meditaba.
Hawkmoon rechazaba la compañía humana, incluso la de su viejo amigo el conde Brass. Hawkmoon se sentaba a solas en una pequeña estancia situada en lo alto de la torre más elevada del castillo, apoyaba la barbilla en la mano y contemplaba los pantanos, cañaverales y lagunas, pero no clavaba los ojos en los toros blancos salvajes, los caballos con cuernos o los gigantescos flamencos escarlatas de la Kamarg, sino en la distancia.
Hawkmoon intentaba recordar un sueño o una fantasía demencial. Intentaba recordar a Yisselda. Intentaba recordar los nombres de los niños que había imaginado mientras estaba loco. Pero Yisselda era una sombra y no lograba ver a los niños. ¿Qué añoraba? ¿Por qué sentía una pérdida tan profunda y permanente? ¿Por qué alimentaba en ocasiones la idea de que el presente era la locura, y de que el sueño de Yisselda y los niños era la realidad? Hawkmoon vivía en la duda y, como resultado, había perdido la propensión a comunicarse con los demás. Era un fantasma. Embrujaba sus propios aposentos. Un triste fantasma que sólo sabía sollozar, gruñir y suspirar.
Al menos, se comportó con orgullo durante su locura, decían los lugareños.
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